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¿GRADUALISMO O NADISMO?

Hace un par de días, en un importante coloquio de economía y finanzas un amigo del presidente criticó duramente a la gestión Cambiemos. Al interior del Gabinete las críticas no fueron bien recibidas, incluso hay quienes las tomaron como una traición. Sobre todo porque vinieron de alguien tan cercano, que incluso formó parte del equipo de gobierno.

Quien arremetió contra Cambiemos fue el ex presidente del Banco Nación, Carlos Melconian. Expresó en claro tono despectivo que “el Gobierno (del que formó parte) practica hipergradualismo fiscal hormiga”. La respuesta, de parte del Ministro del Interior, no tardó en llegar. Rogelio Frigerio expresó que la inclinación por la estrategia gradual no fue una elección, sino “una imposición de la realidad”.

¿De qué lado de la discusión te pondrías? ¿Creés que el gobierno es gradualista o que prefiere una política de shock?

Cuando termines de leer lo que sigue vas a tener más claro quién tiene la razón.

El gobierno dice que es "gradualista". Pero nosotros nos preguntamos: ¿no será "nadista"? Ya responderemos eso.

El poco shock fue positivo

Antes de seguir, hay que reconocer que hubo cosas que se modificaron rápidamente desde el comienzo de la gestión Pro. La salida del cepo se dio solo diez días después de inauguración presidencial. La reducción de retenciones y la flexibilización de los registros para exportar también sucedieron velozmente. Finalmente, el gobierno también normalizó el sector importador (lo que no quiere decir apertura comercial) y dio un giro casi copernicano en su política exterior, condenando a Venezuela y buscando alianzas con el mundo civilizado.

Bien por Cambiemos en esto.

Los resultados fueron alentadores. El sector inmobiliario (destruido por el cepo), se recupera a paso acelerado, las exportaciones de maíz y trigo también avanzan. Además, los dólares entran y salen sin restricciones, con un aumento de los ingresos por inversiones extranjeras de 89,1% según los registros del Banco Central.

En lo importante, ni gradualismo

Ahora bien, ¿en qué modificó estos cruciales temas el gobierno de “Cambiemos”? A decir verdad, en nada.

El déficit fiscal también destruye el crecimiento. En primer lugar, porque es una amenaza permanente al derecho de propiedad. Si hay déficit, tarde o temprano se suben los impuestos, se acude a la inflación, o se impaga la deuda. En todos estos tres casos los derechos de propiedad de los ahorristas y productores se ven vulnerados.

Ahora bien, hay un problema de Argentina que se está convirtiendo en la madre de todas las batallas. Un tema que nadie se anima a encarar de manera frontal, pero que es el principal responsable de que nuestro país no crezca lo suficiente para alcanzar a los países ricos. Por si esto fuera poco, también hace que atravesemos crisis cíclicas.

Se trata del gasto público y el déficit fiscal.

Como explicábamos hace unas semanas en ContraEconomía, el gasto público es un lastre para la economía. El gobierno no gasta con los mismos incentivos ni con la misma información con la que lo hace el sector privado, por lo que los valiosos recursos de la sociedad se asignan en tareas que no agregan valor. El resultado es un menor crecimiento con una mayor carga fiscal.

El déficit fiscal también destruye el crecimiento. En primer lugar, porque es una amenaza permanente al derecho de propiedad. Si hay déficit, tarde o temprano se suben los impuestos, se acude a la inflación, o se impaga la deuda. En todos estos tres casos los derechos de propiedad de los ahorristas y productores se ven vulnerados.

Durante la gestión K, el gasto público como porcentaje del PBI creció hasta el 47,1%, habiendo partido del bajo nivel de 29,4% en 2003.

En 2016, el gobierno de “Cambiemos” no solo no bajó este ratio, sino que lo aumentó hasta el 47,6%. En 2017, y solo si se cumplen las variaciones que establece el presupuesto, el gasto volverá a su máximo kirchnerista del 47,1%.

Aquí no hay gradualismo ni hipergradualismo. Lo que hay es “nadismo”. Es decir, no se hace nada.

¿Para qué cumplir las metas?

El otro punto es el déficit fiscal. Lo positivo es que el gobierno estableció metas fiscales y buscará que el desequilibrio de las cuentas públicas no supere el 4,2% del PBI este año. Por ahora, el déficit primario solo crece 5,6% anual, bien por debajo de la inflación pero gracias a los ingresos del blanqueo.

Sin embargo, el desequilibrio fiscal (que incluye gasto por intereses) ya avanza al 46,6%, una trayectoria difícil de controlar.

En el gobierno sostienen (y lo mismo se extrae de sus metas fiscales), que el ajuste vendrá en el último trimestre del año, una vez que pasen las elecciones. ¿Ahora cuáles son los incentivos que hay para realizar dicho ajuste? Si el gobierno apuesta a ganar las elecciones con despilfarro, ¿por qué si termina siendo electo por ello, va a pasar a la frugalidad?

En fútbol se dice que el equipo que gana no se toca. Trasladado a la política económica: ¿para qué hacer el ajuste si nos votan cuando no lo hacemos?

Con el shock totalmente descartado, el gobierno se debate entre el gradualismo y el nadismo. Es decir, hacer cambios pero de manera lenta, o bien mantener el statu quo.

Obviamente, esta segunda alternativa es más que preocupante.

Sólo una persona conoce el Lado B de la política, la economía y los mercados, y quiere darte todas las respuestas. Su nombre es Iván Carrino, semana a semana te traerá los secretos que nadie se anima a revelar.

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