¿Puede la desigualdad no ser esencialmente mala?

Según las últimas estimaciones, la desigualdad en la Argentina sigue siendo alarmante. Sin embargo, hay quienes sostienen que ésta no tiene que ser necesariamente negativa para la sociedad. ¿En qué casos se cumple esta premisa? 

La desigualdad es una realidad que afecta desde hace varios años tanto a la Capital Federal como al resto del país. Sin embargo, lo hace de manera distinta.

Si bien en la Capital, en líneas generales, el norte es más rico que el sur, a nivel nacional sucede lo contrario; cifras menores de pobreza e indigencia se relacionan más con las provincias patagónicas -con excepción de las grandes urbes que muestran otra dinámica.

Según la Encuesta Trimestral de Ocupación e Ingresos que elabora la Dirección de Estadísticas porteña, en la Capital Federal, en el cuarto trimestre del año pasado la población del norte tuvo ingresos 70% superiores a los vecinos del sur

A nivel nacional, según un análisis del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), los mayores índices de pobreza se anotaron en los conglomerados urbanos de Santiago del Estero, con el 44%, seguido por Concordia (Entre Ríos) con el 43,6%; Gran San Juan (43,5%); Córdoba (40,5%) y Corrientes (39,5%).

Por el contrario, los menores índices se anotaron en la Ciudad de Buenos Aires, donde sólo el 9,5% de la población no accede a la canasta básica de bienes y servicios, seguida por Ushuaia (Tierra del Fuego) con el 9,7%, y Río Gallegos (Santa Cruz), con el 13,4% de sus habitantes por debajo del umbral de pobreza.

Estas cifras llevan a formularse varios interrogantes: ¿cómo es posible que en un país convivan dos realidades tan contrastantes?, ¿puede llegar a disparar algún tipo de efecto positivo esta característica?, ¿de dónde proviene la desigualdad y cómo aparece en la Argentina?

Por eso, vamos a ir respondiendo cada pregunta, para que vos puedas entender el fenómeno desde distintos puntos de vista y llegues a tus propias conclusiones.

El sello de América Latina

La desigualdad es una característica histórica y estructural de las sociedades latinoamericanas y caribeñas, que se ha mantenido y reproducido incluso en períodos de crecimiento y prosperidad económica. Debido a las políticas económicas que se tomaron hace muchos años, esa característica se sostuvo en el tiempo, y se agravó.

Yendo a lo concreto: en la actualidad, América Latina es la región más desigual del mundo.

Y si bien esta desigualdad se ha reducido durante los últimos años, en 2014, el 10% más rico de la población de América Latina había amasado el 71% de la riqueza de la región y, según los cálculos de Oxfam, si esta tendencia continuara, dentro de solo seis años el 1% más rico de la región tendría más riqueza que el 99% restante.

Seguramente te estés preguntando qué podría tener de bueno ese fenómeno o cuál sería el lado positivo. Te prometo que más adelante te vas a enterar.

Primero vamos a empezar por enumerar por qué la desigualdad es considerada un fenómeno negativo.

El lado negativo de la desigualdad

Según un documento elaborado por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), reducir la desigualdad es determinante a la hora de pensar en un desarrollo sostenible.

Para defender este punto, la Comisión se refugia en la experiencia histórica y reciente de América Latina y el Caribe, cuyo crecimiento económico fue -y es- un factor fundamental para la reducción de la pobreza pero que dicho avance se vio -y ve- mitigado por una profunda desigualdad.

Desde este punto de vista, aunque el crecimiento económico sea enorme, eso no importará o no marcará una verdadera diferencia si la distribución del ingreso no varía en pos de reducir la pobreza en forma sostenible. Concretamente, existen pruebas de que el crecimiento es menos efectivo para alcanzar ese esperado descenso en países con altos niveles de desigualdad.

Relacionado también con el concepto anterior, la desigualdad impone trabas que dificultan que las personas asciendan socialmente, logren mayores niveles de bienestar que sus padres o aspiren a que sus hijos los alcancen. Varios estudios muestran un vínculo entre el aumento de los niveles de desigualdad y la disminución de los niveles de movilidad social.

Como consecuencia de ello, existe una mayor estratificación social, segregación residencial y conflicto, que puede desembocar en situaciones de violencia política y social.

Además, la desigualdad es percibida como particularmente injusta cuando las oportunidades que se presentan a las personas para mejorar su situación socioeconómica son acentuadamente dispares y cuando aquellos en la parte superior de la distribución de ingresos han llegado a esa posición a partir de posiciones heredadas y avaladas por una “cultura del privilegio”.

¿Siempre es indeseable?

Nuestro siempre polémico pero reflexivo Iván Carrino, editor de “El Diario del Lunes”, tiene una visión un poco distinta acerca de lo mal catalogada que está la desigualdad.

Veamos…

El analista económico explica que desde la Revolución Industrial, momento en el que se experimentó una explosión de crecimiento económico sin igual, existieron algunos teóricos defensores de la intervención estatal en la economía, mercantilistas y hasta marxistas que difundieron la idea de que la desigualdad había sido una de las partes más repudiables de dicho proceso.

Como consecuencia del crecimiento económico, argumentaban, la riqueza de algunos creció desproporcionadamente en comparación con la de otros y eso es digno del máximo de los repudios. Ese argumento llegó hasta nuestros días y ahora lleva a preguntarnos, si entonces, ¿la desigualdad no es tan mala como se dice que es?

Es decir, vale la pena hacerse este cuestionamiento, sobre todo teniendo en cuenta que hoy por hoy el debate sigue vigente y ha cobrado más importancia que antes debido a la aparición de exponentes como Thomas Pikkety, por ejemplo.

Entonces, Carrino rompe diciendo que él no desea una sociedad igualitaria y que no está solo sosteniendo esa postura. Edward Conard, en su nuevo libro, “El lado positivo de la desigualdad”, plantea que la enorme diferencia de ingresos que existe entre los norteamericanos, lejos de ser un problema, es un activo que ese país tiene.

Conard plantea que las diferencias que se observan entre los ricos y los pobres de Estados Unidos son principalmente el resultado del enorme éxito que está teniendo el famoso “1%”.

De acuerdo con su argumento: “A medida que la economía crece, valora más la innovación. Así, los innovadores que alcanzan el éxito a través de toda la economía, como Steve Jobs y Bill Gates, se enriquecen mucho más de lo que previos innovadores lo hicieron en el pasado. Y se enriquecen más que los doctores, los maestros de escuela, los conductores de colectivos… cuya paga está limitada al número de personas que pueden servir.”

A este planteo, Carrino agrega que “para estimular la innovación y el crecimiento, hay que permitir que los innovadores y los empresarios exitosos cosechen la totalidad de las ganancias que la sociedad, eligiendo en el mercado libre, quiere otorgarles. Castigar el éxito con más impuestos logrará el objetivo contrario. Habrá menos innovación, menos crecimiento económico y, por tanto, salarios más bajos y más pobreza. Es hora de sacarse de encima los prejuicios y mirar el lado positivo de la desigualdad”.  

En esta línea, un Impuesto que atenta sobre el desarrollo económico de las personas en la Argentina es el famoso Impuesto a las Ganancias. Puede que sepas algo sobre él o todo, sea cual fuera tu caso, en este Informe Especial te enumeramos los datos más importantes que tenés que saber para considerarte un experto dentro de la materia.

Puede que el Impuesto a las Ganancias sea injusto, pero lamentablemente hoy por hoy sigue existiendo, por eso, mejor que estés al tanto de todo lo que a él respecta.

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