Si hay avalancha importadora, no habrá recesión

En el afán de criticarlo todo, o defender sus intereses particulares, muchos referentes y analistas dejan de lado principios básicos de razonamiento económico.

Hace dos días fui invitado a participar de un debate en la pantalla de C5N. El tema principal era la economía en el segundo semestre, algo que nuevamente divide a analistas, políticos y economistas. Durante el debate, donde también estuvieron Agustín D’Attellis y Leo Bilanski, escuché algo que me llamó poderosamente la atención. En concreto, la afirmación de que el nuevo modelo económico hará caer la demanda y, al mismo tiempo, amenazará la supervivencia de las empresas porque permitirá una “avalancha importadora”.

Al escuchar el argumento en vivo, mi respuesta rápida fue la siguiente: si hay caída de la demanda, no hay avalancha importadora. O lo que es lo mismo, si hubiera una avalancha importadora, eso es reflejo de que hay más, y no menos, demanda.

Esta mañana abrí El Cronista y me encontré con lo mismo. La Unión Industrial Argentina divulgó un informe donde muestra la mala performance del sector en los primeros meses del año y acusa principalmente a la competencia de las importaciones, que (en cantidades) crecieron 10,5% anual de enero a mayo.
En uno de los párrafos citados por el matutino económico, se afirma:

“Se presentó un informe que expuso el incremento de las importaciones en un contexto de caída de actividad y consumo

La Unión Industrial Argentina, por defender sus intereses económicos, cayó en el mismo error que comentábamos al inicio. Sostener, al mismo tiempo, que hay un incremento de las importaciones y una caída del consumo.

La afirmación es una contradicción. Llevemos el tema a una simple economía familiar. En una casa de familia, las importaciones representan todo lo que la familia compra porque no puede producir puertas adentro. Así, cuando uno de sus miembros va al supermercado a adquirir un paquete de arroz, está “importando” ese paquete de arroz. Ahora dicha importación refleja automáticamente un aumento del consumo. En definitiva, ¿para qué vamos a comprar arroz si no es para hacer uso de él? Así, es evidente que no podemos hablar de un aumento de las importaciones y una caída del consumo al mismo tiempo.

Del ejemplo anterior se extrae otra cosa: que tampoco puede hablarse de recesión (caída de la producción) si al mismo tiempo hay una “avalancha de importaciones”. Es que lo que nuestra familia compra en el supermercado tiene que pagarlo con dinero y, para conseguir ese dinero, tendrá que producir algo y venderlo en el mercado. Mayores compras externas, entonces, reflejan que o bien estamos produciendo más, o bien que estamos vendiendo (exportando) más. Si este no fuera el caso, no tendríamos con qué pagar el aumento en las compras.

Ahora bien, algo que sí podría pasar es que los argentinos decidan consumir menos productos de fabricación nacional a cambio de productos importados. Así, “el consumo” no cae, sino que migra desde proveedores nacionales a proveedores extranjeros. Si éste fuera el caso, a priori no habría nada que objetar. Si los consumidores eligen productos importados, será porque éstos satisfacen mejor sus deseos, tanto en calidad como en precio.

Ahora bien, si se quisiera que nuestra industria fuera más competitiva, es claro que la respuesta no pasa por cerrar la importación o dar subsidios, sino por reformar estructuralmente la economía del país. Es decir: reducir el gasto público, bajar los impuestos y desregular mercados.

Otro latiguillo de los corporativistas de la UIA es el desempleo. Según el artículo citado, si “no baja el ritmo de productos ingresados del exterior, comenzará a resentirse el empleo”. Esta afirmación es una mera amenaza carente de sustento.

En mi libro Estrangulados analizo el desempleo en el amplio grupo de países que ocupan los 10 primeros puestos en Apertura Comercial del mundo. La tasa promedio de desocupación en todos ellos es de 9,4%, un número no bajo, pero lejos de representar niveles críticos. Ahora lo interesante es que dentro del grupo hay países con tasas realmente bajas como Hong Kong, Suiza o Singapur, con desempleos del 3,2%; 3,3% y 1,9%.

Evidentemente, nada tiene que ver la apertura comercial con la desocupación.
Ahora lo que sí tiene que ver con la apertura es la riqueza de las naciones.
Los países más abiertos al comercio del mundo tienen un PBI per cápita promedio de USD 41.000, mientras que los menos abiertos promedian los USD 7.700, una diferencia de 5,3 veces a favor de los que abrazan la globalización.

En los primeros cinco meses del año las importaciones en cantidades crecieron 10,5%. Cierto. Pero el aumento fue contrarrestado con una suba de 12,9% en cantidades exportadas, algo que los intervencionistas de siempre se olvidan de mencionar.

Ahora el punto en discusión es más amplio: ¿Queremos seguir viviendo en una economía cerrada al mundo, hiperintervenida y con 30% de pobreza como el promedio de los últimos 30 años? ¿O queremos un país abierto, con crecimiento sostenible y reducción de la pobreza como sucede en el resto del mundo que abraza la globalización?

Este es el punto más importante, más allá de las graves incoherencias lógicas que contienen los argumentos estatistas de siempre.

Iván.

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