Lo que Cristina se llevó

A pocas horas de su final, 2015 será recordado como el año en que se terminó el kirchnerismo. A la luz de los paupérrimos resultados económicos y sociales de la “gestión K”, la fecha es para festejar.

Frente a cada evento económico, el intervencionismo utiliza la misma receta: aumentar el gasto público y regular la economía. Esta receta es la que aplicaron tanto Néstor y Cristina Kirchner durante sus tres períodos de gobierno.

El incremento del gasto fue una constante, promediando un 28,8% anual desde 2003 hasta la actualidad. La regulación, omnipresente, comenzando por el congelamiento de tarifas de servicios públicos, los primeros “acuerdos de precios”, y culminando con el nefasto cepo cambiario y la revitalización de una obsoleta e inservible “ley de abastecimiento”.

Como muchos han notado, la estrategia intervencionista, que se enmarca en el más amplio espectro del populismo, tiene efectos que, en el corto plazo, aparentan ser positivos, pero que solo siembran las semillas de su propia destrucción.

Rudi Dornbusch y Sebastián Edwards segmentaron el populismo en 4 etapas, la primera de las cuales muestra una suba del PBI, conjuntamente con una caída del desempleo y aumento de los salarios reales, pero que inevitablemente termina en la cuarta, donde a un nuevo gobierno no le queda más alternativa que llevar a cabo un ajuste “ortodoxo”.

Por este motivo es que muchos entienden que el gobierno de Néstor Kirchner fue bueno mientras que el de Cristina se desvió de la senda. Sn embargo, en esencia, no hubo diferencias entre ambos a excepción del paso del tiempo. Así, a Cristina Fernández le tocó enfrentar las etapas 2 y 3, en donde el expansionismo fiscal y las regulaciones comienzan a mostrar sus efectos negativos. Principalmente, una inflación en alza y desincentivos para invertir y producir.

A partir de 2011, el “modelo K” mostró su total agotamiento. Junto con el crecimiento del gasto, explotó el déficit fiscal, que se multiplicó por 7, acumulando unos $ 880.000 millones en los últimos 4 años. Debido a que este agujero se financió con la emisión de billetes, la inflación acumulada en el período fue de 160%.

Ahora para evitar que semejante destrucción monetaria se refleje en el precio de las divisas extranjeras, el gobierno lanzó el control de cambios, que no sólo no evitó la devaluación, sino que destruyó a las exportaciones y deprimió aún más los incentivos para que llegue la inversión extranjera.

Por último, sumado a los controles de precios, el control del dólar y un nuevo default de la deuda pública, se profundizaron las trabas burocráticas para importar, lo que en una economía que compra en el extranjero el 80% de los insumos de la producción, contribuyó a paralizar la actividad económica.

Esta mezcla de megaexpansionismo fiscal y monetario con control de la economía dio lugar a la estanflación en la que nos encontramos hace ya cuatro años. A pesar de los cantos de sirena que anuncian que el estado tiene que incentivar la demanda agregada para que crezca la economía, nada de eso sucedió en nuestro caso.

Y es aquí donde aparecen las consecuencias más lamentables del inevitable agotamiento del modelo económico kirchnerista.

En primer lugar, la pobreza. A pesar de lo mucho que se decía defender a los más desprotegidos, durante el segundo mandato de CFK, la pobreza no solo no disminuyó, sino que creció en 2,1 millones de personas, pasando del 24,7% en 2011 al 28,7% en 2014 según las estadísticas de la Universidad Católica Argentina.

Por otro lado, el PBI per cápita, una medida internacional de la riqueza promedio de los habitantes de un país. Es que una vez eliminado el cepo cambiario y liberado el precio del dólar, quedó claro que el más representativo siempre fue el dólar paralelo y no el oficial. Así, si calculáramos la evolución del PBI per cápita de los argentinos al dólar blue, arribamos a una conclusión asombrosa: durante el segundo mandato de CFK, la riqueza se redujo en un 30%, pasando de USD 12.900 en 2011 a USD 9.000 en el estimado para 2015.

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A la luz de los datos, podemos apreciar lo que la última etapa del modelo k se llevó de la economía nacional: en concreto, la posibilidad de ser un país mucho más rico y soñar con una mejor calidad de vida para todos.

El desafío y el deseo para este 2016 que está por comenzar es, entonces, aprender la lección del pasado y animarse a terminar definitivamente con este populismo económico que nos ha empobrecido.

Un saludo y le deseo un feliz año,

Iván

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