Por qué va a terminar odiando al próximo presidente

En Argentina y en el mundo hay optimismo. Muchos se animan a soñar una nueva Argentina. Un país más abierto, con menos restricciones, con más potencial. Una nueva era de crecimiento y prosperidad. ¿Seremos victimas de una nueva fantasía?

El precio de las acciones argentinas sube. Con un 27% de suba, es la bolsa que más subió en el mundo en 2015. El precio de los bonos, a pesar de estar en default, sube. Eso provoca que el riesgo país que estaba en 719 a principios de año hoy esté en 580. El dólar, a pesar de la altísima inflación y emisión, se mantiene relativamente estable en la Argentina. Mientras que las monedas de nuestros vecinos como Brasil o Uruguay se devaluaron alrededor de un 20% este año.

¿Qué está pasando?

¿El mundo y los argentinos súbitamente empezaron a confiar en Cristina? ¿O el mundo y los argentinos se empezaron a dar cuenta de que el próximo presidente puede ser muy diferente a Cristina y por eso se alegran y apuestan?

Todos coincidimos en que la segunda alternativa es la respuesta correcta. Hoy la Argentina está de moda en el mundo de los inversores globales. Entre aquellos, inversores que se rompen la cabeza para buscar la manera de adelantarse a los que se adelantan. Entre aquellos inversores que quieren llegar antes que el resto para lograr las mayores ganancias.

Y es posible que estos inversores no se equivoquen. Argentina está tan mal, tan destruida económica e institucionalmente, que con poco se puede hacer mucho. Sólo basta un nuevo presidente más confiable, más serio y algunas pocas medidas profesionales y racionales y listo, Argentina despega. Por lo menos por un par de años.

En notas anteriores le explicaba este razonamiento citando el ejemplo de una persona muy gorda que quiere adelgazar. Suponga una persona que tendría que pesar 80 kilos pero pesa 200 kilos. Con dos o tres medidas muy simples es fácil bajar de 200 kilos a 160 kilos. Eso no es lo complicado, solo basta tener un guía implacable, suprimir el pan, la Coca Cola, caminar un poco y listo, se pueden perder los primeros 40 kilos relativamente rápido.

Lo realmente complicado es seguir perdiendo kilos cuando uno llega a los 160 kilos. Pasar de ese nivel a los 80 kilos deseados va a insumir mucho más esfuerzo y creatividad. Ya no va a ser tan fácil.

A este mismo escenario se enfrenta la Argentina en 2016. Tiene que bajar los primeros 40 kilos y eso no es imposible. Un poco de profesionalidad, dos o tres medidas y eureka. Llegamos al primer objetivo. Soy optimista respecto a que la Argentina de 2016 pueda dirigirse hacia ese primer objetivo si se libera del kirchnerismo.

Pero hay un segundo objetivo que ya es mucho más complicado de alcanzar. El filósofo Santiago Kovadloff se refirió a esta problemática en su participación en el programa de televisión “Odisea” dirigido por el periodista Carlos Pagni, en la señal TN el pasado día lunes. Le transcribo algunos de los párrafos que me parecieron más útiles respecto a este segundo desafío al que se enfrenta la Argentina:

La crisis es un hecho reiterado en la Argentina, la disfuncionalidad social que genera la ausencia de instituciones es un hecho reiterado.

La demanda de instituciones es un fenómeno que puede estar asociado a hechos circunstanciales, pero más allá de ello, la dirigencia política tiene un deber muy claro frente a las elecciones de 2015.

Sin instituciones no hay democracia.  La democracia corre el riesgo de enmascararse a sí misma bajo la retórica de un nuevo liderazgo, es decir, de un caudillismo que ya no tenga la forma tradicional sino la forma de la idealización de una sociedad que todavía no confía en las instituciones. Entonces, lo que me parece a mí que amenaza el porvenir argentino es la dificultad que nuestra dirigencia tiene para sincerarse con la gravedad de la situación.

Los políticos tienen actitudes temerosas, el liderazgo político en este momento está midiendo sus posibilidades de protagonismo pero no sobre la base de un sinceramiento frontal con la sociedad, convocándola a enfrentar un largo periodo de aprendizaje en el orden de los valores, sino atribuyéndose, de alguna manera,  la representación de esos valores. Y eso me parece peligroso, si tenemos líderes que vienen a decir que son la encarnación de los valores que la sociedad tiene que tener, hay alguien que no tiene que aprender entonces, porque ya encarna esos valores.

A mi me gustaría un liderazgo de gente que no venga a afirmar que tiene todas las respuestas, que se haga alguna pregunta, que pueda decir: estoy aprendiendo. Que tenga el coraje de decir que está aprendiendo.  No que sabe. ¿Por qué la sociedad tiene que aprender y los otros tiene que saber?

Los verdaderos líderes de una etapa de crisis como esta han de ser aquellos hombres que representen la voluntad de aprender, esos tendrán la credibilidad pública. Hoy no veo estos líderes en la Argentina. Yo veo hombres y mujeres que se disputan el dominio de la certeza. Los problemas están resueltos en el proyecto.

La Argentina se transformará el día en que sus dirigentes estén dispuestos a recorrer un periodo de aprendizaje.

El segundo objetivo al que se enfrenta la Argentina de 2016 es lograr el crecimiento a largo plazo. El problema es que para alcanzar esto es necesario desarrollar instituciones. No son suficientes las personas, como comprobamos en Argentina durante las últimas décadas, para lograr el crecimiento sustentable.

El problema es que no está claro si los argentinos estamos preparados para recorrer este camino. Tampoco está claro si el nuevo presidente de la Argentina estará interesado en recorrer este camino. Porque el cambio hacia un sistema de instituciones sólidas puede venir tanto de los dirigentes como de los ciudadanos, o de ambos. Pero alguien tiene que disparar el proceso de cambio. No se va a dar nunca sólo si nadie lo empuja.

Lo que nos advierte Kovadloff es que los argentinos podemos estar cometiendo nuevamente el mismo error que cometimos cada vez que pudimos votar a presidentes durante las últimas décadas. Buscar a un nuevo caudillo, a un nuevo líder todopoderoso que nos de certezas, respuestas y soluciones mágicas.

Kovadloff  se pregunta si estamos preparados para votar a un presidente que se anime a darnos malas noticias. ¿Estamos dispuestos a recorrer un camino de sacrificio, perseverancia y esfuerzo? ¿O preferimos que nos mientan, que nos digan lo que queremos escuchar, sin importar si es una verdad o una mentira?

Estamos ante un circulo vicioso difícil de cortar. Los votantes piden soluciones mágicas para dar su voto. Los candidatos prometen soluciones mágicas para lograr el voto. Y cuando ganan, los políticos arman un país de fantasía para retener los votos. Por lo menos hasta que este país artificial aguante y explote todo por el aire.

Cuando esto ocurre volvemos a empezar. Seguimos buscando y votando a otro salvador. A otro líder que nos prometa soluciones mágicas. Si el anterior salvador era de derecha y nos falló, ahora buscamos un salvador de izquierda y probamos de nuevo a ver que pasa esta vez.

Pero, nuevamente como nos pasa siempre que votamos con el mismo criterio, terminamos enojados. Terminamos odiando al presidente que una vez elegimos y en el cual depositamos nuestras esperanzas para que nos solucione nuestros problemas. Soluciones que sólo llegaron o llegarán en forma transitoria. Pero nunca sustentable.

Si los argentinos seguimos buscando lo mismo, seguiremos obteniendo lo mismo. Primero confianza ciega e irracional y luego enojo, frustración y odio.

Ya pasó con Carlos Menem en la década del 90. Ya paso con los Kirchner durante la última década. Y pasará con el nuevo presidente a partir de 2016. Si no cambiamos antes, por supuesto…

¿No será hora de dejar de buscar salvadores mágicos y empezar a buscar gobernantes que no prometan certezas ni soluciones mágicas sino que simplemente aseguren orden, justicia y libertad para que nosotros mismos nos podamos ocupar de resolver nuestros propios problemas y desafíos?

Mientras reflexiona sobre esta alternativa, le recomiendo que relea una y otra vez las palabras de Kovadloff. O mire el video aquí. Sus palabras tienen mucho más jugo para exprimir.

Le deseo un excelente fin de semana largo,

Federico Tessore

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