Cómo Mario Draghi me llevó a la bebida

Estuvimos en Londres, cuidando de los negocios, pero ahora estamos de vuelta en Buenos Aires.

Lo hemos intentado con la medicación. Lo hemos intentando con las oraciones. Lo hemos intentando con el consumo excesivo de alcohol. Todo un esfuerzo para tratar de entender cómo funciona realmente nuestro alocado sistema monetario y hacia dónde nos conduce. Uno podría pensar que es fácil. Es sólo cuestión de bancos centrales, ¿no?

Bueno, no. Es impredecible y diabólicamente sutil; dudamos de que alguien realmente lo entienda, especialmente aquellos que tienen que controlarlo.

La unidad básica del sistema es un tipo de dinero que el mundo nunca había tenido antes: el dólar de 1971. El dinero es papel, sólo vale lo que la gente piensa que vale y está administrado por personas que piensan que debe valer menos y menos a medida que pasa el tiempo.

¿Quiénes son esas personas? ¿Para quién trabajan? Se podría decir que son “servidores públicos”. Pero eso implica que están trabajando en el nombre del público. No señor. Son empleados del cartel bancario, propiedad de los bancos privados. Estos bancos tienen licencia para imprimir dinero- para crear dinero de la nada y prestarlo al mundo, ganando dinero de la transacción. No es de extrañar que sus ganancias se hayan multiplicado por cuatro desde la introducción de la nueva moneda.

¡Qué negocio! ¿El coste de los bienes vendidos? Casi nada. Unos cuantos golpes en el teclado, y millones, miles de millones. Diablos, se pueden crear billones de dólares.

Sólo tienen que tener cuidado de que no se vaya todo por la borda. El dinero sólo es valioso siempre y cuando no haya demasiado. El mercado puede absorber una pequeña cantidad de dinero falsificado, pero hay un límite.

Ese límite ha aumentado en gran medida gracias a una capacidad excesiva de producción en todo el mundo -financiado por préstamos anteriores- y a una enorme oferta de mano de obra barata que surgió en gran parte por la expansión del crédito en los últimos 30 años.

Sin estas circunstancias únicas, políticas extremadamente irresponsables de los bancos centrales- ZIRP (políticas de tipos de interés al 0%) y el QE (flexibilización cuantitativa)- probablemente la inflación se hubiese elevado a niveles de dos dígitos ya, o tal vez a niveles más altos.

Las autoridades deben sentirse como los estudiantes universitarios que encuentran las preguntas del examen antes de que este se celebre. Ellos saben que van a salirse con la suya.  Y ahora, que todavía hay mil millones de personas que viven con 1 dólar o menos al día, los banqueros centrales esperan salirse con la suya más que nunca. No sólo eso, son alabados como héroes por ello.

Y ahora ya no necesitan preocuparse más por la cantidad de dinero que imprimen o por cuánto dinero pide el gobierno prestado. Van a comprar bonos del gobierno, los pondrán en su cámara acorazada, devolverán los intereses pagados y todo será olvidado.

En efecto, ellos están haciendo algo que los banqueros centrales anteriores sólo podían soñar: la impresión de dinero sin generar inflación. Los políticos también podrán disfrutar de esta oportunidad única en la vida para la temeridad. Ellos serán capaces de hacer lo que nadie pudo hacer antes: pedir dinero prestado sin tener que preocuparse por devolverlo.

Nosotros no lo hemos visto en la prensa, pero pronto aparecerá. Los comentaristas y los metomentodos están obligados a instar a Alemania a tranquilizarse:

“¿Por qué Grecia tiene que pagar esos préstamos? ¿De dónde viene el dinero? No vino de los contribuyentes alemanes. Salió de la nada, como todo el resto del dinero del mundo. ¿Y qué si no se paga? ¿Qué diferencia habrá? Ninguna”.

Nuestro amigo, el macroeconomista Richard Duncan, cuyo análisis de los niveles de liquidez nos ayuda a entender el efecto real del QE, cree que el banco central debe comprar y comprará hasta el 100% de los bonos de los gobiernos, para luego incendiarlos.

¿Exceso de deuda pública? ¡Problema resuelto!

Aleluya. Aleluya. El nirvana para las finanzas públicas ha llegado. El paraíso abre sus puertas para los políticos. ¿Quién dice que no existe la barra libre?

Dudamos que tanto el público como los políticos se hayan puesto totalmente de acuerdo con esto. Nos hemos dado cuenta nosotros solos. Pero con el tiempo las cosas comenzarán a ponerse en su sitio. La restricción presupuestaria será una preocupación del pasado y el déficit público y la deuda serán, efectivamente, descartados y olvidados. Los funcionarios irán a tomar su desayuno, su comida y su cena con dinero que nunca, nunca existió, y nunca será devuelto.

Pero espera, ¿no es demasiado bueno para ser verdad?

Sí, por supuesto.

Saludos,

Bill Bonner.

Bill Bonner es fundador y presidente de Agora Inc., con sede en Baltimore, Estados Unidos. Es el autor de los libros “Financial Reckoning Day” y “Empire of Debt” que estuvieron en la lista del New York Times de libros más vendidos.

Fuente: http://www.inversorglobal.es/2015/02/como-mario-draghi-llevo-la-bebida

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