Aprendiendo del mago de Omaha

Bill Bonner, aprendiendo del mago de Omaha

Bill Bonner

La Navidad ha llegado y Wall Street sigue en máximos históricos. Santa Janet no deja de trabajar ni en estas fechas tan festivas.

Pero volviendo a nuestros consejos de inversión, hemos oído docenas de diferentes teorías y enfoques prácticos de inversión. Hasta donde podemos decir, casi todos ellos funcionan… a veces.

De nuevo, cuando se trata de invertir en un mercado –el Dow Jones- donde los precios han subido en 17 de los últimos 32 años casi cualquier enfoque de inversión debería dar buenos resultados.

La verdadera prueba para un sistema de inversión es cuando los precios bajan durante un tiempo prolongado. ¡Entonces casi nada funciona!

Pero nuestro propósito es escribir esta serie de columnas para introducirle en el mundo de la inversión como lo entendemos. Intentamos entenderlo de la manera más simple posible, porque no queremos dedicar demasiado tiempo a los detalles prácticos. Aun así, hemos pensado mucho en la teoría detrás de ello.

Por estos motivos la Hipótesis de Eficiencia del Mercado era tan atractiva. Los teóricos nos decían que era inútil intentar batir al mercado, y que era tan probable ganar dinero lanzando dardos a la hoja con las cotizaciones del periódico como haciendo un análisis de bolsa concienzudo. Lo creíamos felizmente; nos gustaba lanzar dardos.

¡Qué felices éramos en aquellos días ingenuos e inocentes! Pero entonces descubrimos la verdad: el trabajo duro y la disciplina dan sus frutos cuando inviertes, justo como lo hace todo lo demás.

Aun así, una de las perversidades de invertir es que un poco de trabajo es probablemente peor que nada en absoluto. Resulta que lanzar dardos a la página con las cotizaciones es un mejor método de inversión que el que elige la mayoría.

¿Cómo es posible? Simple. Cuando presta un poco de atención, uno queda atrapado en las modas y prejuicios del mundo de las inversiones. Al poco tiempo, uno termina invirtiendo en lo que invierten los demás y opinando lo mismo que opinan los demás.

Es en este escenario cuando uno consigue la peor rentabilidad posible, comprando caro y vendiendo barato. En esta situación, el pequeño inversor se convierte en el último eslabón de la cadena alimenticia de Wall Street: una foca gorda rodeada de tiburones.

Las pruebas demuestran que es difícil para el inversor promedio sobrevivir, no digamos ya ganar dinero. Las medias enmascaran el riesgo y el daño. Ésta es la razón por la qué los índices bursátiles excluyen a los perdedores.

Desde 1980, 320 compañías han sido sacadas del S&P 500 porque estaban bajo una fuerte presión. Dos terceras partes del Russell 3000 han tenido una rentabilidad peor que la del índice y el 40 por ciento de las acciones mostraron una rentabilidad negativa durante su existencia.

Y, de nuevo desde 1980, cuatro de cada diez acciones del Russell 3000 han sufrido una caída del 70 por ciento desde su valor máximo.

Incluso para los profesionales es difícil batir al mercado. Con el año casi terminado el S&P 500 ha subido un 12 por ciento. Por el contrario, la rentabilidad media de los fondos de capital riesgo es prácticamente cero. Durante los últimos seis años el S&P ha subido un 160 por ciento. ¿Adivina cuál ha sido la rentabilidad de estos súper fondos? Un 41 por ciento.

¿Qué debería hacer un inversor? En primer lugar, las pruebas demuestran que las acciones baten a los bonos a largo plazo. Durante los últimos 100 años los inversores en acciones han conseguido una rentabilidad anual del 7 por ciento. Ninguna otra inversión –divisas, oro, inmuebles o bonos- se acerca a la rentabilidad de las acciones.

Por supuesto, la rentabilidad pasada no es prueba irrefutable de la rentabilidad futura. La mayoría de las ganancias de los últimos 100 años se concentraron en los últimos 30 años. Y estas tres últimas décadas han estado marcadas, tal vez incluso desfiguradas, por una colosal burbuja de crédito que es poco probable volvamos a ver.

Así, veamos que hemos aprendido hasta ahora. La mayoría de nuestras ganancias vienen de la ubicación de nuestros ahorros en diferentes instrumentos, no de la selección de acciones. La primera pregunta, por lo tanto, es en qué mercado deberíamos estar.

Veamos los datos de los últimos 100 años: no tenemos muchas alternativas, el mejor mercado es el mercado de valores. Ahora, preguntemos qué mercado es el mejor de todos.

Hasta hace poco, no había mucho donde elegir. Uno sólo tenía que decidir en qué sectores o industrias quería participar. No tenías la oportunidad de invertir en mercados extranjeros. Ahora es fácil, basta con comprar un fondo cotizado (ETF) o un fondo de inversión determinado.

Pero, ¿cómo seleccionamos en qué mercado invertir?

 

Valor, más valor y siempre valor

De todos los sistemas, trucos y teorías que hemos revisado, la que más sentido tiene es la ‘inversión en valor’, o value investing en inglés. No es casualidad que éste sea el enfoque de inversión predicado por un inversor muy conocido en Omaha, Estados Unidos.

Este inversor es un elocuente e influyente defensor de esta doctrina, pero su riqueza es su elemento más persuasivo. Usando esta técnica de inversión ha llegado a ser el hombre más rico del mundo.

La idea es muy simple. Una acción representa un título de propiedad sobre una compañía. Su principal objetivo es proveer a sus dueños una participación en los beneficios de la compañía. Para saber cuál es el valor real de esta participación, sólo hay que calcular cuántas ganancias nos va a deparar. Entonces, uno descuenta este flujo de ganancias al valor actual ya que más vale pájaro en mano que ciento volando.

Aún no hemos terminado. Como sabemos que los pájaros se nos pueden escapar o morir, también queremos un ‘margen de seguridad’. Esto quiere decir que deberíamos insistir en pagar menos del valor real de la acción para protegernos de un posible error.

Una vez que hemos establecido cuánto vale la acción, lo comparamos con el actual precio de mercado. Si el precio es mayor, uno se queda al margen o vende si posee esas acciones. Si es más bajo, consideraríamos comprar acciones.

¡Et voilá! Eso es todo.

Si hace un análisis concienzudo y si es disciplinado y paciente, puede que no gane más dinero que otros inversores, pero al menos lo merecerá, que es todo a lo que los mortales podemos aspirar en nuestras vidas.

La ‘inversión de valor’ se aplica a las acciones, pero los principios de esta teoría pueden ser utilizados para la ubicación de activos también. De hecho, ocurre de forma natural. A medida que los precios de las accione suben, el inversor de valor gradualmente vende sus acciones.

Como ahora tenemos la posibilidad de invertir en mercados de todo el mundo, podemos fijar nuestros ojos en otras alternativas de inversión. Elegiremos otro mercado donde los precios no sean tan altos y donde la burbuja crediticia no haya inflado los precios.

Mucha investigación se ha hecho sobre la teoría de la ‘inversión de valor’. La más conocida es la llevada a cabo por Robert Shiller, ganador de Premio Nobel de economía y que ha desarrollado el modelo de ‘precio-ganancias cíclicamente ajustado’ (Cape).

Este modelo nos dice cuando un mercado está barato o caro. Entonces, mirando atrás, podemos ver hacia dónde van los precios de las acciones. Shiller encontró lo que uno podía esperar: que cuanto más caro era un mercado, más bajas eran las expectativas de rentabilidad durante los diez año
s siguientes.

Específicamente, encontró que los precios de las acciones en Estados Unidos tuvieron un valor Cape extremadamente alto en 1901, 1928, 1966 y 1996. En cada uno de estos casos, los inversores se enfrentaron a pérdidas entre 10 y 20 años después.

El análisis se aplicó a 14 mercados internacionales y las conclusiones fueron las mismas: cuando los mercados alcanzaron valores Cape superiores a 32, la rentabilidad media durante los siguientes 15 años era cercana a cero.

Como podrá imaginar, lo contrario también es cierto. Cuando el valor Cape es bajo, durante los siguientes 15 años se producen rentabilidades por encima de la media.

Esto hace la asignación de activos de inversión fácil: priorice la inversión en mercados con bajos Cape.

Estamos tan excitados con esta técnica de inversión que hemos decidido hacer algo de investigación por nuestra cuenta. Nuestro investigador –Stephen Jones- descubrió debilidades en la fórmula Cape. Las ha corregido y ha añadido algunos ajustes para las dos cosas que más pesan en las economías: la demografía y la deuda. Llama a su nuevo modelo ‘Dama’. Creemos que éste nos da una visión más clara y mejor sobre donde es mejor invertir.

Continuará…

Saludos,

Bill Bonner.

Bill Bonner es fundador y presidente de Agora Inc., con sede en Baltimore, Estados Unidos. Es el autor de los libros “Financial Reckoning Day” y “Empire of Debt” que estuvieron en la lista del New York Times de libros más vendidos. 

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