La historia de terror más divertida del mundo financiero

Los mercados no están muy agitados últimamente, así que fijemos nuestra atención en la historia más divertida, y más aterradora, del mundo financiero.

Una vez más, nos quitamos el sombrero ante el incondicional, intrépido y quizás medio loco ciudadano japonés.

Se están adentrando donde ningún economista respetable se atrevería, donde una política fiscal responsable nunca iría y donde nadie con inteligencia quiere ir.

Empecemos con las noticias más recientes: Japón está en recesión. Las cifras macroeconómicas correspondientes al tercer trimestre confirman que la temida triple recesión ha llegado al país, con el PIB cayendo un 1,6% anual, en lugar de subir el 2,2% que esperaban los analistas.

Éstas son malas noticias para el atrevido programa económico del Primer Ministro Shinzo Abe. Disparó sus flechas y el tiro le salió mal.

La idea, si es que se puede llamar así, era estimular la inflación, el crecimiento y la creación de puestos de trabajo.

¿Cómo? Fácil. ¡Imprimiendo moneda!

Durante los últimos 20 años el Gobierno japonés ha estado tomando prestados los ahorros de la jubilación de sus sufrientes trabajadores y se ha gastado todo ese dinero en rescates y despilfarros, a menudo transformado en gigantescas masas de cemento que ahora cubren la mitad del país.

Si eso no fuera suficiente –y obviamente no lo era- el Banco de Japón inventó el relajamiento cuantitativo (QE) para añadir algo de acero monetario al cemento fiscal. El Banco de Japón se convirtió en el mayor comprador de deuda pública japonesa.

¿Qué hizo todo este febril proyecto por los japoneses, aparte de multiplicar por cinco la deuda pública? Absolutamente nada. El índice de producción industrial japonés estaba 96,8 puntos en 1989. Hoy es exactamente el mismo.

En otras palabras, todos estos estímulos no han estimulado ni un simple electrón, protón o neutrón. La economía real no ha crecido ni un solo yen; ni se ha creado un solo trabajo desde entonces.

Por kilómetro cuadrado, ninguna nación ha abusado tanto del fracaso monetario y fiscal como Japón. Y podría pensar que los japoneses ya han tenido suficiente. Sin embargo, como un borracho poco antes de que cierren el bar, está pidiendo un poco más.

Ahora nuevas elecciones anticipadas se aproximan, y Shinzo Abe promete más estímulos para ser reelecto. En lugar de comprar el 65% de la deuda pública japonesa, el Banco de Japón la comprará toda.

Contenemos la respiración y buscamos una silla en donde sentarnos para descansar nuestras temblorosas piernas. ¿Lo hemos leído bien? Sí, ha sido reportado extensamente que el Banco de Japón se plantea comprar toda la deuda pública japonesa si es necesario.

Y ahora la estafa queda al descubierto. El propósito real no es estimular la economía, es demasiado tarde para ello. La agenda oculta es devaluar la deuda pública japonesa –cerca del 250% del PIB- y sacudir a los pensionistas a los bonistas en el proceso.

El plan de Abe era anunciar un ambicioso programa de imprudente intromisión en la economía. Eso, según razonaban en el Gobierno japonés, devaluaría el yen y haría las exportaciones japonesas más atractivas en los mercados mundiales. Es un truco viejo; Japón ganaría cuota de mercado devaluando su moneda.

Pero no funcionó. La producción industrial está cayendo y los ingresos de las familias también.

Japón no sólo exporta; también importa y el yen perdió un 35% de su valor. Puede que esto haya hecho a la mano de obra japonesa más barata, pero también ha hecho más caro importar petróleo y otras materias primas y, de paso, ha reducido el poder adquisitivo del japonés promedio.

Los ingresos reales han caído un 6% desde comienzos de 2012.

En el pasado, Japón dependía de dos cosas para financiar sus déficits: las ganancias de sus empresas y los ahorros de los ciudadanos. Pero la caída del yen ha incrementado los costos de las importaciones tanto que el superávit comercial se ha convertido en un gran déficit.

En lugar de tener un superávit de 5 billones de yenes en 2010, Japón tiene un déficit en 2014 de 11 billones de yenes. Y en lugar de tener una tasa de ahorro del 10% en 1990, ahora apenas tiene un 3%, y reduciéndose cada año.

Bien hecho, Abe.

Pero ese no es el final de la historia. Ahora, no hay esperanzas de que la economía japonesa crezca más rápido que su deuda. La recaudación fiscal ha sido plana durante 20 años, mientras la población envejece y se reduce. Y ahora, con un déficit comercial creciente y unos ahorros que desaparecen, Japón solo puede recortar su deuda inflándola.

Quédese con nuestro negocio de la década: compre acciones japonesas y venda bonos japoneses.

Y síganos cada semana… la historia financiera Kamikaze sólo acaba de comenzar.

Saludos,

Bill Bonner.

Bill Bonner es fundador y presidente de Agora Inc., con sede en Baltimore, Estados Unidos. Es el autor de los libros “Financial Reckoning Day” y “Empire of Debt” que estuvieron en la lista de libros más vendidos del New York Times. 

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