Una alternativa que pocos conocen

Diego Martínez Burzaco

Históricamente invertir en bonos ha sido una tarea más simple que hacerlo en acciones.

Esto se debía principalmente a dos factores: en primer lugar, se podía distinguir más fácilmente los riesgos de estos instrumentos poniendo atención a la calificación que tenían los mismos; en segundo lugar, tenían un flujo de pagos predecible en el tiempo, por lo que el inversor sabe cuánto estará cobrando a lo largo de la vida útil del bono.

Estas dos características no las encontramos en las acciones y es por eso que una acción es considerada una inversión de mayor riesgo que la de un bono.

He de aquí la razón principal por la que muchos inversores preferían tener una mayor proporción de bonos entre sus tenencias.

Sin embargo, el año 2007 fue un punto de inflexión.

Con el devenir de la crisis inmobiliaria en Estados Unidos, la reputación de las calificadoras de riesgo comenzó a flaquear al no predecir la toxicidad de los instrumentos de inversión que actuaron como el origen del caos económico que sobrevino.

Así, predecir con exactitud el riesgo al que se estaba exponiendo un inversor al invertir en un bono mirando solamente su calificación no era una medida 100% precisa. Con ello, la primera característica favorable de los bonos, que mencioné anteriormente, quedó obsoleta.

En relación a la previsibilidad de los flujos de pagos eso siguen siendo previsible (al menos que el emisor no pague la deuda), aunque es mucho menos atractivo por el momento.

¿A qué se debe esto último?

Como mencioné, el 2007 fue un año de quiebre. No solamente las calificadoras han visto diezmada su reputación, sino también los principales bancos centrales del mundo.

El impacto de la crisis económica fue de tal magnitud en un período de tiempo relativamente corto, que obligó a que las autoridades monetarias más importantes del mundo (Estados Unidos, Europa, Inglaterra y Japón) a ejecutar políticas monetarias expansivas sin precedente histórico.

De esta manera, se emitieron gigantescas sumas de dinero, principalmente la Reserva Federal, de manera tal de inundar con extrema liquidez al sistema financiero global. En paralelo a esta emisión, se redujeron las tasas de interés a mínimo históricos, a niveles cercanos al 0%.

Estas políticas que buscaron incentivar la demanda de préstamos para impulsar la actividad trajo como efecto colateral un duro golpe para los inversores en bonos: los rendimientos que ofrecían estos instrumentos bajaron dramáticamente, haciéndolos poco atractivos.

Mientras los rendimientos en bonos eran mínimos, las acciones comenzaron a ser una de las alternativas más buscadas por los altos retornos que generaban. Eso implicó que los inversores debieron tomar más riesgos para encontrar inversiones atractivas. En su momento funcionó, pero ahora la situación es más peligrosa, considerando los elevados niveles en el que se encuentran las Bolsas.

Sin embargo, la crisis misma originó una solución a este problema de los bonos. Trajo consigo una alternativa de inversión que no es frecuentemente conocida por los inversores.

Avancemos para ver de qué se trata.

Acciones, pero no ordinarias…

Cuando en materia de inversiones hablamos de acciones, implícitamente nos estamos refiriendo a las denominadas “acciones ordinarias”. Las acciones ordinarias son las que se transan con más frecuencia y las que ofrecen al accionista voz y voto en las asambleas que se celebran en cada una de las empresas.

Así, por más que uno ostente una sola acción ordinaria de una determinada compañía, tiene el derecho a asistir a este evento y manifestar su voto.

Pero aparte de las acciones ordinarias hay otro tipo de acciones que son las “preferidas”. Y este tipo de acciones tomaron una dimensión muy importante a partir de la crisis de 2007.

Si bien ya existían en el mercado, muchas empresas que recibieron ayuda del Gobierno estadounidense (principalmente financieras) emitieron a cambio de esa ayuda una gran cantidad de acciones preferidas.

Estas acciones, a diferencia de las ordinarias, no ofrecen la posibilidad de voto al accionista, pero sí una preferencia económica. Tienen la característica de funcionar como un híbrido entre una acción y un bono. Esto es, se tratan de acciones que pagan anualmente un elevado dividendo fijo (más allá de si la empresa en cuestión gane o pierda dinero ese año) y tiene una liquidez mucho más amplia que la que podemos encontrar en un bono.

Pasando en limpio: se puede invertir en estas acciones, con relativa facilidad, gozando de liquidez y cobrando una renta anual atractiva.

Desde ya que, como cualquier inversión financiera, ésta posee riesgos. Pero los mismos vale la pena tomarlos en la dosis recomendada para el perfil de cada inversor.

Como toda categoría de inversión, las acciones preferidas tienen un ETF, el iShares US Preferred Stock, cuyo ticker de negociación es PFF. En la actualidad, el mismo tiene una tasa de rendimiento de dividendo de 6,5%, más del doble de lo que ofrece de retorno un bono del Tesoro estadounidense a 10 años.

Nuevamente, hay riesgos que se deben considerar.

Pero valen la pena tomarlos sobre este “desconocido” activo de los mercados globales.

 

A su lado en los mercados.

Diego Martínez Burzaco,

Para Inversor Global Argentina.

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