Un experto en desastres

Un experto en desastresEl tiempo ha empeorado. Llueve y hace frío y la temperatura está por debajo de los 15 grados. En otras palabras, nuestros días se están tornando sombríos.

“Parece que está pasando en todo el mundo”, me dice un amigo. “El clima está cambiando. Aquí, en esta parte de Francia, solía salir el sol y hacer calor en verano. Ahora no hay manera de saber qué tiempo hará.”

Algunas personas creen en el calentamiento global. Otros creen que en realidad el mundo se está enfriando.

“Sí, eso es lo que en realidad está pasando” dice mi amigo. “El clima de la Tierra tiene poco que ver con las emisiones de dióxido de carbono. Son sólo una gota de agua en el océano desde un punto de vista climático. Lo que de verdad importa es el Sol. Estoy simplificando demasiado, pero cuando la radiación solar es más fuerte, la Tierra se calienta. Cuando es débil, se enfría.”

“Hemos vivido un periodo cálido. Ahora entramos en un periodo más frío. No es el calentamiento global de lo que debamos preocuparnos; es el enfriamiento global. Y va a ser una catástrofe mucho mayor que la catástrofe financiera causada por Janet Yellen y la Reserva Federal”.

Hoy, al sur del río Loira, en el verano de 2014, parece que tenga razón. Así que del desastre que se avecina causado por los gobiernos pasamos al desastre natural causado por el Sol, y a los desastres en general.

Como alguien que lleva mucho tiempo estudiando el asunto, me he convertido en un experto en desastres.

Así como algunas personas tienen buen paladar para el vino, nosotros tenemos buen olfato para los desastres. Sí, somos el Robert Parker de las catástrofes, hemos visto decenas de variedades, las analizamos y extraemos las conclusiones oportunas. Recordamos cada pequeño detalle y podemos ver venir las catástrofes a kilómetros de distancia.

¿Causará el clima un gran desastre? Tal vez, pero lo que más nos interesa es el siguiente pensamiento:

Hay un número infinito de factores desconocidos y cualquiera podría ser el causante de un desastre.

En muchas maneras somos más vulnerables a un desastre en la actualidad que en cualquier otra época de la historia humana.

¿Qué podría causar un gran desastre? El clima, la guerra, las epidemias o las hambrunas. Los jinetes del Apocalipsis no andan muy lejos, solo que ahora tienen iPhones en sus manos.

Imagine en unos pocos años con un verano más frío de lo habitual en el hemisferio norte y con sequías en Australia y Sudamérica, los únicos productores de alimentos al sur del ecuador.

Esto podría reducir fácilmente la producción de alimentos en un 10%. Los inventarios rápidamente se reducirían hasta el punto de que no quedará nada. ¿Qué comería la gente? Aquí desviamos nuestra atención hacia lo obvio: hay mucha más gente en el mundo de la que solía haber.

El último gran desastre ocurrido en Francia fue en 1940. Alemania invadió el país, destrozó al Ejército francés y se desató el caos más absoluto en todo el país. Todo el que pudo se echó a la carretera rumbo sur para escapar del ejército alemán.

Fue un desastre político y militar, con gran agitación social, pero no causó millones de muertes civiles porque el 70% de los franceses vivían en granjas; tenían una red de seguridad que funcionó.

Entonces no había programas gubernamentales de ayuda social; la gente aún estaba acostumbrada a apañárselas sola. Almacenaban trigo y patatas, sabían cultivar un jardín e, incluso si vivían en una ciudad, solían tener parientes cercanos en una granja no muy lejos de allí.

Durante miles de años se habían acostumbrado a cuidar de sí mismos y a protegerse de las hambrunas. Vacas, ovejas, caballos… todo podía convertirse en su cena. En casos extremos, hasta mascotas, ratas y palomas.

Los franceses aún recuerdan el Asedio de París de 1870, cuando los restaurantes servían ratas, gatos y perros, así como los animales exóticos de los zoológicos. Cotelettes de chien aux petits pois (costilla de perro con guisantes) era uno de los platos favoritos.

Pero hoy, tanto en Europa como en Norteamérica, la mayoría de la gente vive en gigantescos conglomerados urbanos. Sólo tienen comida almacenada para unos pocos días. Y lo que es más, dependen de un complejo y delicado sistema de suministro ‘just in time’.

Esto, por supuesto, depende de un buen número de factores, factores que podrían arruinar el sistema haciéndolo inoperativo. En primer lugar, debe haber suficientes productores de comida para alimentar a la población mundial.

Hay 7.000 millones de personas en el planeta; eso es el doble de las que había en 1940. Y la producción mundial es exactamente la suficiente para alimentarlos a todos ellos. Haciendo una cuenta rápida: si la producción de comida se redujera en un 10%, 700 millones de personas estarían en riesgo de morir por inanición.

Tampoco está la comida donde la gente la necesita, no está en pequeñas granjas esparcidas por el ámbito rural. Está en explotaciones gigantescas que a menudo están en un continente diferente del de la gente que la consume.

El combustible es vital, y como Gary North demostró durante el “no desastre” ocurrido con el Y2K, el sistema de transporte está regulado y controlado principalmente por computadoras, que son vulnerables a sus propios desastres. Los expertos advierten que un impulso electromagnético de gran magnitud podría freír los aparatos electrónicos, cortar el suministro eléctrico y las comunicaciones durante más de seis meses.

Hace 14 años, el doctor North calculó que semejante desconexión dejaría millones de muertos por el camino, pero éste podría ser un desastre mucho mayor en la actualidad.

Un corte de internet o de los sistemas informáticos que controlan las transacciones económicas dejaría a millones de personas aisladas, incapaces de comunicarse con otras personas o de hacer negocios, sin conseguir ganar dinero o gastarlo.

Recuerde, nuestro sistema monetario ya no se basa en monedas o en papel moneda. Es un sistema basado en el crédito que depende de las transacciones electrónicas para mantener un registro de quién le debe qué a quién. Si el sistema electrónico cae, también lo hace la economía.

En ese caso, nuestra “red de seguridad” en forma de estado del bienestar también caería. Sólo en Estados Unidos hoy hay 100 millones de personas que dependen de las ayudas gubernamentales, y estas ayudas se entregan electrónicamente.

Muchas de estas personas no tienen ahorros, fuentes de ingresos, de comida o de combustible. En cuestión de horas serían presas del caos.

Y por supuesto, hay que hablar del dinero. Como hemos visto recientemente en Zimbabue, cuando el dinero pierde su valor toda la economía se derrumba como un castillo de naipes.

Los trabajadores no se montan en el autobús a cambio de nada, los productores no producen, los conductores no conducen. Los estantes en los supermercados, tan repletos de productos de todo el mundo, de repente están vacíos.

¡Será entonces cuando nos alegremos de tener tantas mascotas bien alimentadas!

Saludos,

Bill Bonner.

Bill Bonner es fundador y presidente de Agora Inc., con sede en Baltimore, Estados Unidos. Es el autor de los libros “Financial Reckoning Day” y “Empire of Debt” que estuvieron en la lista del New York Times de libros más vendidos.

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