El valor del dólar para fin de año

Diego Martínez Burzaco

La economía argentina se mueve en forma pendular y sus problemas también.

Ésa es una de las primeras afirmaciones que escuché mencionar a la mayoría de los docentes cuando comenzaba a cursar mis estudios de Economía en la Universidad de Buenos Aires en el año 1999.

Luego, con el paso del tiempo, lo comprobé con mi propia experiencia.

Argentina debe ser el único país en el mundo que con semejante potencial navega en una mediocridad permanente de la cual no puede escapar.

Uno de los principales obstáculos es la ausencia de una conducción responsable y disciplinada.

Es claro que la dirigencia política argentina, más allá del partido político y su ideología, sufre una patología recurrente que es el eje de todos los vaivenes económicos a los que estamos acostumbrados.

Es lo que denomino el “derroche extremo”.

Estas dos palabras hablan por sí solas y detrás de ellas se esconde la irresponsabilidad en el manejo de lo público que tienen la gran mayoría de los políticos.

Gobiernan como si estuvieran de fiesta permanente, pero cuando los recursos comienzan a escasear, lejos están de tomar medidas tendientes a controlar la situación sino que, por el contrario, tienden a redoblar la apuesta.

Y esto no hace más que incrementar los costos hacia el futuro. Los desequilibrios se hacen más evidentes y la economía no encuentra un sendero de estabilidad. Por el contrario, profundiza su comportamiento pendular, de pasar de un extremo al otro.

Hoy nos encontramos ante una nueva encrucijada. Se pasó de crecer a tasas chinas a la penuria económica de la recesión y la elevada inflación. Pasamos de ser el caso testigo ejemplar de cómo salir rápido de una crisis con equilibrio fiscal a ser el país que mayor desequilibrio de sus cuentas públicas presenta en la región. Finalmente, pasamos de no saber qué hacer con la llegada de dólares del extranjero -a mitad de la década pasada- a ser el único país (junto con Venezuela) que tiene una escasez sistemática de la divisa estadounidense.

Y, precisamente, me quiero detener en este tema del dólar y escribir nuevamente al respecto.

Esta divisa hoy está en el centro de la escena argentina y su reciente escalada alcista comienza a tener implicancias negativas sobre los procesos decisorios tanto del empresario, como del consumidor y del inversor.

Nuevamente, hoy todos corren detrás del dólar, buscándolo como único refugio para tratar de protegerse ante la creciente sensación de que la crisis actual tenderá a agudizarse si no hay un camión de timón en las decisiones que toma la administración actual.

Y no se trata de una conducta irracional.

En crisis anteriores el que se refugió en la divisa siempre ha salido bien parado. Pudo proteger sus ahorros y, de alguna manera, se mantuvo aislado de los procesos recurrentes de devaluación del peso argentino.

Actualmente estamos ante una coyuntura similar.

Las presiones devaluatorias son evidentes. Las causas, múltiples.

La inflación pica en punta como el principal causante de estas presiones sobre la moneda, pero existe otro efecto con peso propio que retroalimenta el proceso y que no puede ser desatendido: el festival de la emisión monetaria.

Por más que desde el Gobierno se intente soslayar este tema y negar sus consecuencias, la realidad es innegable.

Anteriormente señalé que los gobiernos sufrían del síndrome del “derroche extremo” y que tendían a redoblar la apuesta cuando la fiesta estaba por terminarse, alimentando los costos posteriores.

Este Gobierno es un claro ejemplo. A medida que los recursos se le agotaban, no intentó morigerar su gasto. Por el contrario, aceleró los mismos y los financió con la peor fórmula al alcance de la mano: emisión de pesos y mal uso de las reservas internacionales.

Las consecuencias de esta política se están sintiendo en este preciso momento. La inflación se acelera y las presiones sobre el tipo de cambio crecen sin pausa.

Para entender la relación entre la emisión monetaria y el tipo de cambio analicemos unos datos concretos:

La base monetaria, que es la cantidad de pesos que hay circulando en la economía, creció casi 10 veces desde 2003 hasta la fecha. En el mismo período, las reservas internacionales del Banco Central de la República Argentina (BCRA), que son como los “ahorros” en dólares que tiene el país, crecieron solamente dos veces.

La relación Pesos circulando/Reservas del BCRA creció un 500% en 10 años. Hoy hay cinco veces más pesos en relación a los dólares de “ahorro” que el país tiene.

En palabras simples, hay un exceso de pesos y una escasez de dólares. Como todo bien que encontramos en sobreabundancia, su precio baja (peso), mientras que cuando un bien escasea, su precio sube (dólar).

Y cuantos más pesos se emitan en la economía, más van a sobrar y menos valor van a tener. De allí que el peso va a seguir bajando contra el dólar si no cambian las políticas.

En los últimos años, el dólar que surge de relacionar la base monetaria con las reservas internacionales ha funcionado como un buen predictor de la evolución del tipo de cambio informal.

Mientras que a fin de 2011 este dólar teórico estaba en $ 4,81, el dólar informal se ubicó en $ 4,74. Para fines del año pasado, el dólar “Convertibilidad” estaba en $ 12,33, mientras que el blue cerró en $ 10. En la actualidad el dólar que relaciona base monetaria y reservas estaba en $ 13,51 y el informal en $ 14,40.

Por primera vez desde 2009, el blue se ubicó por encima del dólar teórico. Las expectativas de continuidad de emisión monetaria y reservas en caída apuntan a un dólar Convertibilidad de $ 15,80 y una escalada del blue hasta casi los $ 17.

Esto ocurrirá siempre y cuando el Gobierno insista con estas políticas que no conducen a otra cosa que mayor inestabilidad.

Si éste es el caso, entonces piense en dolarizar sus ahorros y capitalizarlos para aprovechar la coyuntura que se viene.

A su lado en los mercados.

Diego Martínez Burzaco.

Para Inversor Global

PD: Si quiere continuar debatiendo este y otro temas, lo invito a seguirme enTwitter: @diegomb80

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