Acá no hay nada que negociar

Que si vamos a ceder, que si vamos a defender la soberanía, que los buitres son malos… A ver si soy claro, no hay nada que negociar con estos muchachos. No lo digo de forma patriótica, como cuando Estados Unidos se enfrenta a una situación terrorista, sino en un rapto de racionalismo.

Esto no depende del humor del gobernante de turno, ni de si es una deuda heredada o si de lo que sucede es justo o inmerecido. Argentina llegó nuevamente a coquetear con el default (técnico) y eso puede ser la primera ficha de un efecto dominó peligroso.

Veníamos viendo en algunos medios cómo los analistas se preguntaban las opciones de la Argentina. La Presidente, abogada de formación, sostuvo, sin decir la palabra “negociar” (para no disparar demandas de los bonistas que entraron en los canjes de 2005 y 2010) que el país quería “cumplir con el 100% de los acreedores”. Claro que después de eso, espasmódica como de costumbre, la Bolsa se disparó (ayer). Por supuesto, también los bonos.

No nos engañemos, acá no hay nada que negociar. La situación es sencilla. “El juicio del siglo” se perdió y los buitres, que no se caracterizan por negociar los montos que se les deben, ahora sí que no tienen ningún incentivo para aceptar una quita.

El 31-D

Acá no existen varias alternativas. La que queda es esperar a que caiga la cláusula RUFO el 31 de diciembre que obliga a equiparar los pagos a aquellos bonistas que entraron a los canjes de 2005 y 2010, en caso de que se le mejore la oferta a los holdouts.

No requiere mucho análisis. A los buitres se les debe US$ 1.330 millones. Según la estimación del abogado Marcelo Etchebarne, publicada en el diario Clarín, la Argentina podría enfrentar demandas por US$ 500.000 millones (más que el PBI), si se les paga este año y se incumple la RUFO.  

Es decir, no hay margen de maniobra. Al cierre escribir estas líneas (ayer), el ministro de Economía, Axel Kicillof, le pedía al juez Griesa que suspenda la sentencia de pari passu para poder pagar el vencimiento de los Discount del 30 de junio, a aquellos bonistas que ya entraron al canje. Es lo que se denomina un stay (suspensión). Es una estrategia para ganar tiempo.

El representante de los bonistas norteamericanos, Robert Shapiro, dijo que negociarán con el país, pero que “Argentina deberá pagar el monto decretado por el juez Griesa”.

Leído entre líneas, hay una cierta apertura al plazo, mas no a la variación del monto. Shapiro también sabe que Néstor Kirchner tenía razón cuando decía: “los muertos no pagan sus deudas”.

Ahogar al país no parece ser, en esta ocasión, la estrategia más fructífera para los holdouts, en pos de cobrar el 100% de lo que reclaman, demanda en la cual la justicia norteamericana ya les dio su pulgar arriba.

No pierden

 Si tuvieron espalda para aguantar tantos años, esperando cobrar el 100%, es difícil pensar que por un semestre van a perder un buen negocio. También es interesante lo que recuerda Ámbito Financiero: “fuentes del mercado financiero aseguraron a este diario el viernes que Elliott aún tiene CDS (siglas de los seguros contra un default de la Argentina) en su poder. Si el país entra en default, cobra de su contraparte por ese siniestro. Esto significa que más allá de las jugosas ganancias que le reportará este diferendo judicial, obtendrá otras provenientes de operaciones financieras con información sobre la marcha de la causa contra el país. De todas maneras, su posición de seguros contra default no es significativa, y oscilaría en torno a los US$ 200 millones por valor nominal de deuda”.

Como ve, están parados en las dos veredas…

Cómo llegamos a este momento

No vamos a discutir la calidad moral de los fondos buitre. La piedad no es uno de los valores que cimentan su negocio. Compran bonos de países en desgracia, litigan y esperan años hasta que cobran  la totalidad de lo que se les debe, sin aceptar quitas. Tan simple como eso.

Entonces, la pregunta que nos debemos hacer es cómo llegamos a ser carroña de estos muchachos y de qué manera evitarlo en el futuro.

La respuesta es sencilla y, si sigue esta columna desde hace tiempo, ya la sabrá.

Argentina vive por encima de sus posibilidades. No es patrimonio de esta administración. Siempre lo ha hecho, con la cultura de que se arregle el que viene.

El gasto público es superior al ingreso y –como en cualquier familia- esto se resuelve tomando crédito. Este ciclo se mantiene hasta que se vuelve insostenible y ahí es cuando se llega a situaciones límite y traumáticas, como la que vivimos en 2001, y que son cebo para que los especuladores hagan su negocio.

Son muy pocos los años de la historia reciente de la Argentina en que el Estado vivió de acuerdo a sus ingresos. Al llegar Néstor Kirchner, con Roberto Lavagna como ministro de Economía, se instauró la saludable costumbre de los superávits gemelos.

Sin embargo, como verá en el gráfico a continuación, no nos duró mucho. Fue su propia esposa la que desoyó ese consejo.

Así lo remarca el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA):

  • Entre los años 2003 y 2008 el Estado nacional generó excedentes que sumados llegan al equivalente de 3,2% del PBI.
  • Entre los años 2009 y 2013 los gastos superaron a los ingresos en montos que acumulados representa aproximadamente el 17,3% del PBI.
  • Esto significa que en la última década el Estado nacional acumuló desequilibrios fiscales por un equivalente al 14,1% del PBI.

Sin embargo, dejando de lado todo análisis político, reitero, esta costumbre no nació con los K. Si vemos ese mismo gráfico para atrás, nos daríamos cuenta que las administraciones pasadas también gastaron más de lo que podían.

Parece ser un defecto que está en la genética argentina, o al menos de la clase política autóctona.

Es un hábito que -si queremos dejar de ser carroña de los buitres- vamos a tener que modificar.

Hasta la semana próxima.

Saludos,

Ignacio. 

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