El último capitalista

La Bolsa ha subido algo durante la última semana, el oro da tumbos sin rumbo. Mi pronóstico: ni la Bolsa ni el oro saben a dónde van. La economía es aún débil, con la tasa de concesión de préstamos en Estados Unidos en el punto más bajo de los últimos 14 años. Pero la Reserva Federal todavía mantiene los tipos de interés abajo y sigue inyectando masivas cantidades de fondos en los mercados.

Se espera que la Reserva Federal continúe recortando los estímulos monetarios durante el mes que viene, quitándole otros 10.000 millones de dólares a la cantidad que destina todos los meses para comprar bonos del Estado y activos financieros a bancos. Pero, de momento, Richard Duncan dice que todavía hay el “exceso de liquidez” suficiente para mantener a las Bolsas arriba. Según Duncan, más adelante durante este año los problemas deberían empezar. Permanezcan atentos.

Mientras tanto, me han llamado la atención sobre un libro que aún no he leído. Paul Krugman dice que el libro de Thomas Piketty “Capital en el Siglo XXI” es una obra maestra. No puedo esperar a conseguir un ejemplar sólo para ver si Piketty es realmente el “cabeza cuadrada” que parece ser.

Últimamente les he estado hablando de que el capitalismo auténtico se está autocorrigiendo. A Piketty le preocupa que los capitalistas están ganando demasiado dinero. El retorno sobre el capital, argumenta, está superando con creces al retorno sobre el trabajo. Realmente Piketty no debería preocuparse por esto; cuando las tasas de rentabilidad son altas, los inversores apartan dinero de las inversiones empresariales y lo destinan a bonos o acciones. Es entonces cuando el exceso de dinero en Bolsa y renta fija vuelve a hacer disminuir la rentabilidad de estos activos.

A menudo esta rentabilidad cae de una forma tan fuerte que los inversores terminan desquiciados. Pero así es como funciona: uno no puede disfrutar del placer de los beneficios sin sufrir el dolor de las pérdidas de vez en cuando.

Thomas Piketty no es un fan del capitalismo. Pero entonces, ¿quién lo es?

“Parece que están teniendo una crisis en el capitalismo estadounidense”, me comentaba una mujer que dirige un programa social cerca de mi rancho en Argentina. Ella viaja unas dos horas en moto cada día para ayudar a la población local a mejorar sus vidas.

Siempre vestida de color caqui, ella es la clase de mujer con la que te podrías quedar en una isla desierta y seguirías siendo fiel a tu esposa. Sin embargo, tiene una inteligencia aguda.

“Espero que los estadounidenses aguanten bien” me dijo alegremente la última vez que la vi.

Para ella, el capitalismo es una ideología maldita. En su opinión, sólo es cuestión de tiempo hasta que nuestro sistema sea reemplazado por uno de buenas intenciones y más humano, donde los recursos se asignen en función de sus preferencias, no del trabajo de cada uno. La verdad es que ya me di cuenta de su orientación política cuando la visité en su oficina y me encontré un póster del Che Guevara colgado en la pared.

Pero ella no está sola. El capitalismo tiene tan pocos seguidores auténticos que probablemente podrían ser arrestados en una sola mañana. A la clase baja no le gusta porque ellos piensan que los aleja de llegar a ser ricos, en lugar de pensar en su mala suerte o sus malos hábitos.

A los ricos no les gusta porque amenaza con arruinarlos con crisis y bancarrotas. A los empresarios no les gusta porque su proceso de destrucción creativa amenaza con hacer que sus negocios sean obsoletos.

A los intelectuales no les gusta porque es esencialmente impredecible e incontrolable. A los medios de comunicación no les gusta porque no da conferencias de prensa y no da material de debate para periodistas vagos.

A los inversores no les gusta porque los penaliza por los errores que cometen. Y, por supuesto, los profesores de economía lo odian más que nadie porque refuta sus ideas preconcebidas sobre cómo la economía funciona realmente.

La observación de Piketty -que los ricos se han hecho mucho más ricos durante las últimas tres décadas- no es errónea. Pero es lamentable que no pueda pensar más allá y plantearse cómo ha ocurrido esto.

Piketty cree que cuando la riqueza está concentrada en unas pocas manos ocurre un fenómeno que él llama “captura de Estado”. La gente rica se hace con el control del Gobierno y lo utiliza como un mafioso con un bate de béisbol: para machacar a los que se les opongan y hacerse con todas las ganancias.

Pero el Estado no es un pusilánime e inocente participante. No está “capturado” en absoluto. En realidad, los que controlan a la policía y al ejército están muy familiarizados con el bate de béisbol; lo usan regularmente. De hecho, a menudo toman a los ricos como rehenes y piden un rescate (impuestos, sobornos, sobres a partidos políticos, entre otros).

Más frecuentemente, la política simplemente conspira con cualquier grupo -ricos, pobres, sindicatos, patronales de empresarios, lobistas, etcétera- que pueda ayudarles a derribar al capitalismo y empeorar el bienestar público.

Mi viejo amigo Jim Davidson me contó la historia de los “dulces papás” que se han hecho con miles de millones de dólares en subvenciones directas o indirectas durante años. Aprendieron cómo hacerlo -sobornar a políticos- en Cuba antes de que Fidel Castro se hiciera con el poder.

En los años 60 trajeron sus prácticas a Estados Unidos y consiguieron hacerse con una buena parte de las subvenciones del Estado de la Florida para poder plantar caña de azúcar y venderlo a unos precios artificialmente altos.

Uno no puede evitar admirar a Pepe y Alfy Fanjul. Ellos saben cómo se juega este juego. Alfy tiene tan buenos contactos que, de acuerdo a la investigación por el escándalo Lewinsky, tenía los oídos de Bill Clinton mientras la becaria se encargaba de otras partes del Presidente.

El capitalismo de amigos es sólo una manera más de cómo la economía se ha corrompido. La sanidad, finanzas y educación -las tres mayores industrias de Estados Unidos- han sido hechas prisioneras por Washington (o viceversa).

Uno puede decir, también, que el Gobierno actuó después de la crisis de 2008 para proteger a los ricos. Sin su intervención todo el problema de la desigualdad no existiría; prácticamente la mitad de la riqueza en Bolsa hubiera sido borrada de la faz de la tierra y probablemente así se hubiera quedado.

El Gobierno podría haber deseado repartir esa riqueza entre tantos votantes como fuera posible. Pero el objetivo no era hacer a los ricos más ricos. En su lugar, el Gobierno de Estados Unidos quería evitar que el capitalismo hiciera lo que se supone que debe hacer. Lo explica Stephen Roach:

“La estrategia de la Reserva Federal ha sido empujar al alza a los mercados bursátiles, mantener los activos de riesgo arriba y estimular la economía a través del ‘efecto riqueza’. El problema es que este ‘efecto riqueza’ sólo favorece a la gente rica. ¿Qué ocurre con el verdadero problema de Estados Unidos que es la clase media, los desempleados de larga duración, los trabajadores y sus familias? ¿Se están beneficiando de este efecto riqueza?

Saludos,

Bill Bonner.

Bill Bonner es fundador y presidente de Agora Inc., con sede en Baltimore, Estados Unidos. Es el autor de los libros “FinancialReckoning Day” y “Empire of Debt” que estuvieron en la lista del New York Times de libros más vendidos.   Sus columnas hacen parte de la Revista InversorGlobal. Puede suscribirse haciendo click aquí.

Deja tu respuesta