No es el Estado, sino quien lo administra

Resulta interesante observar cómo a lo largo del tiempo los paradigmas ideológicos en torno al Estado que se imponen en el globo tienden a encontrar condicionamientos concretos en base a la coyuntura económica imperante.

Así como en la década de los 90 la noción de un Estado interventor de la economía fue prácticamente “abolida” en el mundo entero, el devenir de la crisis global en 2008 volvió a poner al Estado en su rol de complemento necesario para el mercado, en el centro del debate.

Reconozco que es difícil encontrar posiciones intermedias en relación a este asunto. Las posiciones extremas están a la orden del día.

Por un lado están aquellos que pregonan una postura de un Estado omnipresente en todos los rincones de la economía como forma de controlar los excesos en los que recae permanentemente el mercado. Sin Estado activo, los ciclos económicos serían más extremos, con creciente volatilidad.

Por el otro lado se erigen los defensores del libre mercado, con la necesidad de reducir el Estado a su mínima expresión ya que es un actor que desincentiva el proceso de creación e innovación impulsado por el sector privado, al tiempo que generar mecanismos de ganancias extraordinarias para unos “pocos amigos” a costa del bienestar general y la eficiente administración de recursos.

Como vemos, dos visiones antagónicas, prácticamente irreconciliables.

Y lo que se observa es que ninguna de las dos posturas se modificaron severamente a lo largo del paso del tiempo, sino que con el devenir de las distintas crisis económicas las dos posturas se radicalizaron, acusándose una a la otra por los permanentes fracasos.

En mi opinión personal, considero que ninguna de las corrientes mencionadas anteriormente tiene la verdad absoluta. Ambas contienen parte de realidad en su discurso, pero también falencias que son irrefutables.

Particularmente creo que ambas visiones están dejando de lado una cuestión tan simple como fundamental en el análisis y que se trata de quién es el encargado de administrar el Estado. No creo en la existencia de un Estado bueno o un Estado malo.

En cambio, sí estoy convencido que la calidad del rol del Estado en una economía es consecuencia directa de las cualidades que tienen las personas encargadas de manejarlo.

No caigamos en la trampa de considerar que el Estado no puede convivir con el mercado y viceversa. Tienen y deben ser complementarios.

Es por eso que el foco debe estar puesto en la idoneidad de los encargados de dirigir las políticas públicas. No hay posibilidad de tener éxito en esta materia si no hay capacidad en las personas encargadas de dirigir el proyecto.

Es tan simple como eso. Sin personas capaces, involucradas responsablemente en administrar el Estado, los resultados siempre conducirán a fracasos, a la creación de nichos de corrupción y a la autodestrucción de la política estatal.

Si esto le suena familiar o conocido, no se preocupe. No es un flagelo solamente de su país, sino que es una práctica que encontramos en muchos rincones del mundo.

¿Alguna vez escucho hablar de la tecnocracia?

El término tecnocracia se refiere literalmente a un “gobierno de técnicos”. En vez de basar sus decisiones en convicciones ideológicas, se favorece la acción orientada a resultados y basada en datos empíricos. El tecnócrata típico es científico o ingeniero, pero también se puede ampliar la concepción.

En particular creo que un tecnócrata es aquella persona capacitada que puede administrar exitosamente recursos escasos obteniendo resultados favorables para toda la sociedad en su conjunto.

Sin dudas, este tipo de personas es la que debe manejar el Estado. No debe haber discusión sobre esta cuestión. Donde sí tendríamos que tener un debate es cómo acercamos esas personas a la función pública. La respuesta es generando los incentivos necesarios a través de un sistema de meritocracia que recompense a quienes hayan hechos los méritos suficientes y penalice a quienes están en la vereda opuesta.

¿Es acaso una utopía lo que planteo?

En absoluto.

Mirar al Norte

Un ejemplo claro son los países nórdicos, donde siempre se destaca las bondades del Estado de Bienestar y la equidad con la que conviven estas sociedades. Siendo un poco más específico, tomemos el caso noruego y cómo la tecnocracia administra eficientemente los recursos públicos.

Noruega está parada sobre una riqueza natural de altísima magnitud como es el petróleo. Pero lejos de obnubilarse con este recurso y caer en prácticas populistas este país destina los excedentes monetarios de esta actividad a incrementar su “fondo soberano de inversión”.

Se trata del fondo soberano más importante del mundo, con activos bajo administración por casi US$ 840 mil millones. Esta riqueza que pertenece a todos los noruegos es administrada con reglas rigurosamente estrictas y profesionales, situación que permitió obtener grandes resultados.

El fondo es administrado por el Norges Bank Investment Management, el brazo financiero del Banco Central de Noruega. Como todo fondo eficiente, éste cuenta con una diversificación importante, siendo la categoría de acciones la de mayor peso del portafolio con el 63% de ponderación.

El año 2013 fue el segundo de mejor performance histórica al obtener un rendimiento del 15,9%, gracias a un retorno de 26,3% de las acciones y un 11,8% de rendimiento positivo del rubro inversiones inmobiliarias. La parte invertida en bonos, en cambio, tuvo un desempeño neutro.

El fondo soberano noruego tiene como objetivo incrementar su riqueza para financiar los planes de pensión y jubilaciones, al tiempo que financia inversiones de largo plazo.

Su manejo es absolutamente transparente y claro. Las metas están bien especificadas y los incentivos son estrictamente respetados.

Los resultados en el manejo de las inversiones hablan por sí solos. Desde su concepción en el año 1998, el fondo ha rendido una tasa anual promedio compuesta de 5,7% en moneda dura. Considerando que se trata de un portafolio diversificado y las crisis económicas vividas en ese período, se trata de un rendimiento muy bueno.

Pero más allá de estos números, la enseñanza detrás es que lo público se puede administrar de manera eficiente, transparente y profesional si las personas responsables de tal administración también lo son.

Para ello, los incentivos deben ser claros y atractivos para atraer a los mejores y obtener resultados que beneficien a toda la sociedad.

Sería bueno que las sociedades en su conjunto imiten este ejemplo y sepan que construir un equipo que administre eficientemente lo público e interactúe con el sector privado no es una utopía, sino que es posible.

Noruega y su fondo soberano son un claro ejemplo.

Un saludo.

Diego.

P.D: Si quiere continuar debatiendo este y otro temas, lo invito a seguirme en Twitter: @diegomb80

Deja tu respuesta