Robert Kiyosaki: “La inteligencia emocional es más importante que el coeficiente intelectual”

Todas las experiencias sensoriales y sentimentales que alguien experimenta se acumulan en el “lóbulo frontal” del cerebro, el cual se vuelve primordial a la hora de tomar decisiones.

En esta dirección, se podría afirmar que los sentidos, contenidos en el cerebro, se vuelven herramientas necesarias para alcanzar el éxito y cumplir los objetivos, y mucho más cuando se trata de resguardar el propio patrimonio.

Robert Kiyosaki, empresario, inversor y conferencista, lo sabe muy bien. Por eso, siempre que tiene oportunidad aclara que, a la hora de emprender negocios, “la inteligencia emocional es igual o más importante que un alto coeficiente intelectual”.

La inteligencia emocional podría definirse como la capacidad que tiene una persona de manejar, entender, seleccionar y trabajar sus emociones -y las de los demás- con eficiencia y generando resultados positivos. Una persona que se enfada con facilidad, que se pone triste con frecuencia o que no es capaz de controlar sus impulsos, es alguien con mala inteligencia emocional. Por el contrario, una persona que se conoce bien a sí mismo, que es capaz de pensar antes de actuar, que entiende sus impulsos, es una muy buena inteligencia emocional.

Ser bueno para los números, tener una especialización técnica o haber estudiado muchos años no aseguran el éxito en los negocios. Las personas pueden brillar más por sus capacidades emocionales, ya que de nada sirve haber construido un imperio y echarlo a perder en un segundo de inconsciencia.

Eche un vistazo a los consejos que publicó el sitio BuenosNegocios.com para desarrollar estas aptitudes emocionales:

Autoconocimiento. Tener en claro las propias capacidades y limitaciones permite establecer expectativas razonables y objetivos exigentes pero alcanzables.

Autorregulación. El conocimiento de lo que nos pasa nos debe permitir intervenir para lograr mejores resultados. ¿Podemos controlar nuestras emociones? ¿Decidimos cómo expresarnos o nos dejamos llevar? ¿Sabemos cómo adaptarnos a distintas situaciones que nos toca enfrentar?

Motivación. La misión, la visión y los valores suelen actuar como motores ¿Están claros los objetivos? ¿Cómo nos aseguramos poner nuestro máximo esfuerzo para conseguirlo?

Empatía. Ponerse con auténtico interés en el lugar de los demás. ¿Qué quiere o espera? ¿De qué forma puedo satisfacer sus expectativas? ¿Cómo me sentiría estando en su lugar?

Habilidades sociales. El trabajo cotidiano implica la interacción permanente con otros. ¿Cómo manejamos las relaciones interpersonales? ¿Cuidamos a nuestros clientes, compañeros de trabajo y proveedores? ¿Sabemos interpretarlos y actuar en consecuencia?

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  1. Carla Ramirez

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