Por qué la planificación central no funciona

El Dow sigue en aumento. Subió otros 125 puntos hace un par de días… alcanzando un nuevo máximo histórico.

El oro está rezagado.

Todavía analizamos por qué tantas personas inteligentes llegaron a creer cosas que no eran ciertas. Krugman, Stiglitz, Friedman, Bernanke: todos parecen tener la opinión de un simplón en cuanto a cómo funciona el mundo. Ellos creen que pueden manipular el futuro y hacerlo mejor, no sólo para ellos, sino para todos. ¿De dónde vino una idea tan tonta?

La lógica aristotélica llegó a dominar el pensamiento occidental a partir del Renacimiento. Era esencialmente un precursor del positivismo -que está supuestamente basado en condiciones objetivas y razonamiento científico. “Dame los hechos”, dice el positivista, con confianza. “Permítanme aplicar mi cerebro racional en ellos. ¡Voy a llegar a una solución!”.

Eso funciona si usted está construyendo la Torre Eiffel u organizando la próxima cena para la iglesia, pero el positivismo se desmorona cuando se aplica a sistemas que van más allá del alcance del “grito del heraldo”.

Eso es lo que dijo Aristóteles. Él pensaba que sólo podría funcionar en una pequeña comunidad, debido a que sólo allí todas las personas comparten más o menos la misma información e intereses. En una comunidad grande no se pueden saber las cosas de la misma forma, directa y personal, así que es difícil que la gente trabaje conjuntamente.

En una comunidad grande, usted no tiene ni idea de quién hizo la salchicha o lo que usaron para prepararla. Usted tiene que confiar en los “hechos” que ya no son verificables mediante la observación directa.

En su lugar, los hechos de los planificadores centrales generalmente no son más que un ruido de fondo de estadísticas, ilusiones o charlatanería teórica, como las armas de destrucción masiva y la tasa de desempleo.

La planificación a gran escala falla porque los hechos sobre los que está construida no son fiables y con frecuencia son totalmente falsos.

Y falla porque la gente realmente no quiere.

AGENDA OCULTA

En una pequeña comunidad, los planificadores y las personas que son la razón de tal planificación están lo suficientemente cerca como para compartir los mismos objetivos. En una comunidad grande los planificadores son una pequeña minoría.

En una comunidad grande los planificadores suelen tener su propia agenda… a menudo oculta. Pueden incluir un llamado para una aplicación de la ley más estricta, al tiempo que obtienen contribuciones para la campaña por parte de la industria carcelaria. Pueden buscar una cura para el cáncer y depender de la industria farmacéutica para ofertas de trabajo. Quieren una Europa unida… y esperan ser la cabeza.

Pero a pesar de que la planificación a gran escala proporciona un sinnúmero de oportunidades para la corrupción, no es esto lo que la condena. Lo que pasa es que los planificadores no saben (o no les importa) lo que la gente realmente quiere… y de todos modos no tienen los medios o la información necesaria para alcanzarlo.

Como ya hemos visto, prácticamente toda la “información pública”, utilizada por los planificadores centrales está vacía y es a veces engañosa. Pero el problema es mucho más básico que la calidad de la información o la corrupción de los involucrados.

Cuando pensamos en lo que la gente “quiere”, no estamos realmente hablando de sus deseos conscientes, establecidos. Estamos hablando en términos generales acerca de eso que ellos podrían ser capaces de conseguir -si se les permite hacerlo- dados los hechos sobre el terreno.

La gente en el infierno puede querer helado. No lo obtendrá. Pero la gente va a hacer lo mejor que pueda con lo que tienen para trabajar. Los planificadores centrales a gran escala no pueden ayudarlos, en parte porque no saben cuáles son las condiciones en el infierno privado y en parte porque no hay helado.

Se puede describir este proceso de conseguir la mayor cantidad de aquello que uno quiere tanto como sea posible como el progreso forjado por la evolución, a través del cual las pruebas y los errores resultan en “lo mejor que podemos hacer”.

No es perfecto. No es el fin de la historia. Sólo un paso más hacia un futuro que no conocemos.

LA FATAL ARROGANCIA

Al resumirlo, los planificadores centrales a gran escala fracasan porque creen en tres cosas que no son ciertas.

Primero, creen que conocen las condiciones actuales: necesidades, deseos, esperanzas, capacidades y recursos. En otras palabras, creen conocer la situación actual exacta y completa de la comunidad para la que están planificando.

Segundo, creen que saben hacia dónde debe ir la comunidad, es decir, creen saber lo que el futuro debe ser.

Tercero, creen que son capaces de crear el futuro que desean.

Ninguna de esas cosas es más que una ilusión. En conjunto, constituyen lo que F.A. Hayek llamó “la fatal arrogancia de que el hombre es capaz de moldear el mundo a su alrededor de acuerdo a sus deseos”.

En cuanto al primer punto, los planificadores centrales no pueden conocer las condiciones actuales, porque eso requeriría una cantidad infinita de información. Sería necesario un “conocimiento cuidadoso de los mil detalles que se pueden aprender por nadie más que el que tiene un interés en conocerlos”, escribió Samuel Bailey en 1840.

Los planificadores no tienen nada de eso. En cambio, tienen una cantidad de conocimiento público, que, como hemos visto, no es nada más que teorías populares, charlatanería y conjeturas estadísticas.

En cuanto al segundo punto -sobre que los planificadores centrales son bendecidos con un don que les dice lo que debe ser el futuro de completos extraños- lo pasamos por alto, sin argumento.

Nadie cree en realidad que aquéllos que están en el Congreso de Estados Unidos; o en la Asamblea Nacional de Francia; o en las burocracias y grupos de reflexión de estas naciones; tienen algo más que los guíe por otro camino, más que cualquier otra persona.

Por supuesto, cada hombre siempre hace todo lo posible, lo que está a su alcance, para dar forma al mundo para que éste le agrade.

Alguien va a querer una esposa gorda y es probable que la encuentre. Uno quiere una fortuna y tal vez la tendrá, si tiene suerte y es diligente. Uno querrá pasar tiempo jugando al golf, si tiene los medios para hacerlo. Cada persona lo intentará. Ganarán, perderán o empatarán, depende de las circunstancias. Y el futuro sucederá.

El planificador central interviene para tratar de imponer su propia versión del futuro. La evolución sigue su propio curso mientras los planes de los individuos y los grupos tienen éxito o fracasan.

Nadie sabe a dónde nos lleva la evolución. Pero el planificador central a gran escala cree que sabe a dónde debe ir… y no le importa darle un empujón, alterando los planes de millones de personas.

Tan pronto como los trozos más pequeños de tiempo y recursos se organizan para seguir los objetivos de los planificadores centrales, en lugar de los de los planificadores individuales, el ritmo de avance evolutivo se ralentiza. Las pruebas que se hubieran llevado a cabo se posponen o cancelan. Los errores que podrían haber sido revelados y corregidos no se descubren. El futuro tendrá que esperar.

Las personas son fáciles de engañar, sobre todo cuando sólo tienen acceso a la “información pública”. Fuera del alcance de la voz del heraldo, no tienen idea de lo que está pasando, igual que los propios planificadores.

Se les anima a creer que los planes colectivos son beneficiosos. A menudo, se dejan llevar -durante décadas- incluso cuando la evidencia que se ve todos los días contradice sus premisas y socava sus promesas.

Ésa fue la historia de Rusia y China después de los Gobiernos comunistas, donde los planes extravagantes de los planificadores aguantaron 70 y 30 años respectivamente.

Pero no todo el mundo se deja llevar. Cuando la gente se resiste, el planificador los ve como un obstáculo para su éxito. Entonces, crueles planificadores comienzan con las purgas, las limpiezas, los reglamentos, las hambrunas, las deportaciones, las desapariciones, las torturas, los ataques con aviones no tripulados y los asesinatos en masa para fomentar el cumplimiento.

Pero sus planes están arruinados de un modo u otro, porque no sólo retardan el futuro, sino que tampoco conducen al resultado que los planificadores esperan.

ROMPIENDO ALGUNOS HUEVOS

Normalmente, los planificadores argumentan que las personas deben hacer sacrificios, pero que al final todo saldrá bien. “No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos”, dijo Lenin.

La gente comprende la cuestión de que se rompan algunos huevos por un tiempo (sobre todo si pertenecen a otra persona). Al final, el problema es la tortilla: nunca llega a la mesa y esa comida que finalmente llega es repugnante.

Nunca sucede el supuesto “paraíso de los trabajadores”. La guerra contra las drogas (o contra la pobreza; o contra el crimen; o contra el terror; o contra el cáncer) termina en una derrota, no en una victoria. El desempleo no baja o si alguno de estos grandes programas “tiene éxito”, lo hace a un costo que está muy por fuera del balance que debería tener con la recompensa.

¿Por qué fracasan los planes? La respuesta es simple: porque así no es como funciona el mundo.

La vida en la Tierra no es tan racional como para que se preste a una intervención ingenua y torpe de un ingeniero social. Los puentes están diseñados, igual que las casas y los aceleradores de partículas. Las economías no, ni tampoco los idiomas reales, las aduanas, los mercados, el amor, los matrimonios, los hijos; o cualquier otra de las cosas verdaderamente importantes en la vida.

No quiero exagerar nuestro caso, sin embargo, también es cierto que los seres humanos pueden diseñar y lograr un cierto tipo de futuro. Si los planificadores del Pentágono, por ejemplo, decidieran que una guerra nuclear sería una buena cosa, podrían llevarla a cabo. Los efectos serían enormes. Y enormemente eficaces.

Pero este ejemplo extremo revela el único tipo de alternativa de futuro que los planificadores son capaces de ofrecer, mediante la pulverización de la delicada estructura de la vida civilizada.

Es un futuro que casi nadie quiere, porque significa alterar los planes privados de la mayor parte de la población mundial -para casarse, para los negocios, para tener bebés, para los bautismos, para ir de caza, para las compras, para la inversión y las demás actividades de la vida diaria. Detener los planes privados significa detener las pruebas y errores particulares  de la gente común, sobre las que el futuro civilizado depende.

No todas las planificaciones centrales producen calamidades a esa escala. Pero, en la medida en que son eficaces, son repulsivas. Cuanto más se logren los objetivos de los planificadores, más interfieren con los objetivos privados y más interfieren con el progreso de la raza humana.

Saludos,

Bill Bonner.

Bill Bonner es fundador y presidente de Agora Inc., con sede en Baltimore, Estados Unidos. Es el autor de los libros “Financial Reckoning Day” y “Empire of Debt” que estuvieron en la lista del New York Times de libros más vendidos.

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