Ilusiones a los dos lados de la cordillera

Buenos Aires

Qué le vamos a hacer. Argentina no deja de sorprenderme y Buenos Aires no deja de encantarme. 

A pesar de su horrible tráfico y la casi incomprensible burocracia con la que uno debe enfrentarse para casi cualquier cosa –tanto en el ámbito público como privado-, es muy cierto que tiene “ese no se qué” que la hace tan especial. 

Está en el café, en la calle, los parques y plazas. Sobre todo, en esa forma de relacionarse que hace a los porteños tan especiales. Y tan fascinante la experiencia de aprender sus trampas y códigos. 

Un camino largo y a veces, interminable. 

Como alguna vez le conté, yo voy y vuelvo. Vengo y estoy entre Santiago y la capital argentina, entre mi trabajo allí y las oficinas centrales de IG en Buenos Aires. Entre las corredoras y las sociedades de Bolsa, entre los fondos mutuos y los fondos comunes de inversión, entre los depósitos a plazo y los plazos fijos, entre la venta en verde y la venta en pozo. 

Pares que son iguales pero que se llaman distinto. 

Y éstos son pocos de muchos ejemplos. 

En esto estaba el pasado fin de semana, pensando en estas cosas mientras leía el diario, cuando me encontré en La Nación (de Argentina) con dos notas que me remitieron al otro lado de la cordillera. 

En la primera no tiene mucha gracia el salto mental, ya que era justamente sobre Chile. 

En la nota “Chile vive su exuberante fiesta del consumo”, el cronista arranca contando sobre el colapso en el Aeropuerto Arturo Merino Benítez a comienzos de febrero, y corona con el dato de que los viajes de chilenos aumentaron en un 20% respecto de hace un año, totalizando casi 15 millones de pasajes vendidos durante 2012.

Dos párrafos me interesan especialmente para compartir:

      La sensación térmica es que todos parecen gastar como si se hubiese anunciado el fin del mundo. Supermercados, shoppings y restaurantes se atiborran como nunca, el “dinero plástico” bulle y nadie se quiere quedar fuera de la fiesta del consumo.

      El consumo se multiplica por sí mismo, mientras todo el resto del país ve cómo el “sueño americano” está más cerca de lo que creía.

En Chile, la confirmación de esta noticia llega desde las páginas del diario La Tercera, en una nota que cuenta que entre 2013 y 2014 se proyecta la apertura de unos 20 nuevos centros comerciales, siendo que se ha necesitado de tres décadas para construir los poco más de 50 hoy existentes. 

      “El desarrollo de centros comerciales en comunas con un importante número de usuarios, como La Florida, Huechuraba, Maipú y Puente Alto, también son un ejemplo de dicho dinamismo”, dice la encargada de Marketing and Research de la firma de servicios inmobiliarios CBRE, Verónica Melys.


La Florida, Huechuraba, Maipú y Puente Alto. Comunas todas que conforman el corazón de la nueva clase media emergente. 

Los “nuevos ricos” chilenos. 

Porque ahí es donde está el auge del consumo. Los que siempre tuvieron no están gastando, proporcionalmente, mucho más que antes. Sus hábitos se mantienen prácticamente inalterados. 

Son los nuevos, los que ahora tienen un poco más que lo indispensable, los que están gastando esa diferencia en mejorar su estilo de vida. 

Según podemos extraer de ambas notas, cunden las vacaciones en el extranjero y los centros comerciales no dan abasto. Tanto, que se siguen y siguen construyendo. 

Y el comentario del “sueño americano” del cronista de La Nación se aplica perfectamente a una imagen que vi la semana pasada, cuando afuera de una tienda en Miguel Claro hubo que cortar el tránsito debido a la gran cantidad de personas que llegaron llamadas por las ofertas de una tienda de computadores y productos de tecnología. 

Igualito al Black Friday después de Thanksgiving

El problema –porque siempre hay uno para un aguafiestas como yo- es que aumenta el gasto y el ahorro no sólo no se mantiene, sino que incluso baja. 

En economía, una forma de clasificar los estratos socioeconómicos es a través de su nivel de gasto y ahorro respecto del ingreso. Los que menos tienen son los que menos ahorran por la sencilla razón de que necesitan de TODO su ingreso para subsistir. Y los que más tienen son los que más niveles de ahorro muestran. 

Pero esto no es porque sean especialmente disciplinados, sino porque tienen tanto que, simplemente, NO ALCANZAN a gastárselo todo. 

Ahora, en el medio es donde hay más matices. Cuando se tienen ingresos medios es posible satisfacer las necesidades básicas y ahorrar un poco. Pero pasa que cuando se está expuesto a tantos estímulos comerciales como hoy en día, muchas veces las personas tienden a destinar los nuevos recursos no hacia el ahorro, aumentando la proporción pasada, sino que a aumentar sus niveles de consumo. 

Si comía queso chanco, ahora apunta a gruyere.

Si antes tomaba varietal, hoy no baja del reserva.

Si salía a comer una vez por mes, ahora es una por semana. 

Y si se iba de vacaciones a El Quisco, ahora –cómodas cuotas mediante- se va diez días a un all inclusive a México. 

Y ante estos estímulos y el comportamiento de los que nos rodean, muchas veces tendemos a aumentar la proporción del gasto respecto del ahorro. Con más ingresos ahorramos menos. Pensamos que, como tenemos esos ingresos, seremos capaces de ahorrar con mayor facilidad en el futuro. 

Total, ahora tenemos con qué. Y si uno no se da esos gustos en vida, ¿entonces cuándo?

Entonces, démosle para adelante. Vivamos como ricos que hay que aprovechar. 

Pero muchas veces pasa que, cuando queremos, ya no nos podemos bajar del nuevo carro. Y ahí es donde comienzan las deudas. 

ARGENTINA Y EL MUNDO AL REVÉS

Por estos lados la clase media también anda bien, aunque acá sí que hay matices. 

Tras la crisis de hace poco más de una década los niveles de ingreso se han recuperado pero, al mismo tiempo, el ritmo de la inflación se come los salarios de manera implacable. Y como los impuestos son por pisos salariales, al no reajustar los pisos el Estado está sacando una pequeña mordidita a muchas personas que nunca habían pagado, por ejemplo, impuestos a la ganancia.

Entonces, como comentaba en una columna anterior, acá la clase media también se vuelca al consumo. Aunque por otra razón: si no compra hoy, mañana será mucho más caro. 

Esto, eso sí, a costa de cambiar hitos del pasado, como la casa propia. 

Les comparto un extracto de la segunda nota de La Nación que les comentaba al comienzo:

      Los TV de plasma no paran de venderse y la expansión del parque de aires acondicionados creció a valores récord. Pero hay una particularidad: cada vez más los TV y los acondicionadores animan y refrescan ambientes que son de inquilinos y no de propietarios.


Pasa que los inmuebles se han transformado en refugio de valor, subiendo los precios fuertemente. Históricamente es una de las formas de ahorro más usadas por los argentinos, y en un país donde no existe el crédito hipotecario como lo conocemos en Chile, y donde al mismo tiempo la
desconfianza en la moneda provoca la nominación de los precios en dólares, las operaciones inmobiliarias se hacen con un maletín con dólares mediante. 

(Nada de transferencias, eh. Con los billetitos, que hay que contarlos en el banco uno por uno.)

A esto agregamos que en Argentina, por las restricciones a la compra de dólares, implementadas hace poco más de un año, los sueldos se devaluaron de manera implícita. 

Por ejemplo, un sueldo de ARS $10 mil, que oficialmente equivale a unos USD 2 mil (1 millón de pesos chilenos), de manera implícita equivale a poco más de CLP $600 mil. Esto, porque ante la imposibilidad de acceder a los dólares de manera legal, el mercado informal los provee a unos ARS $7,80 por dólar. 

Y como para comprar un inmueble son necesarios los dólares…

Entonces, puede que un sueldo de ARS $10 mil sea equivalente, en muchas cosas, a un sueldo de CLP $1 millón en cuanto a la paridad de poder de compra. La comida y otras cosas no están especialmente “indexadas”. Pero otras cosas sí han experimentado grandes subas producto de la devaluación implícita, como los productos importados. 

Ésa es la razón de los argentinos haciendo cola para comprar plasmas en los malls chilenos durante el verano…

¡Si yo le contara las “imaginativas estrategias” de algunos argentinos para traer cosas o comprar dólares en el extranjero!

Entonces, la ilusión de buena parte de la clase media es, en este caso, volcarse al consumo de aquellos productos que no están necesariamente atados al dólar informal. Las cifras de ventas de supermercados o tiendas de línea blanca, tal como Messi en el Barcelona, rompen récord tras récord. 

Esto, repito, a costa del ahorro y el atesoramiento de riqueza real, como la compra de la primera casa o departamento. 

Desde 1976 hasta 2001 se necesitaban 45 meses de un joven profesional para comprar un departamento de 60 metros; actualmente se requieren 74 meses.

Entonces, la clase media argentina vive, en su imposibilidad, también, de una ilusión. 

Saludos, 

Felipe.

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