Las cuentas pendientes de América Latina

Una de las dificultades más importantes con la que nos encontramos los economistas dentro del campo de la investigación y análisis es explicar por qué Latinoamérica en general, y algunos países en particular, no han alcanzado hasta el momento el tan preciado estatus de “desarrollo”.

La revisión histórica de los acontecimientos muestra que la región no ha sido capaz, hasta el momento, de materializar su potencialidad basada en los recursos naturales para avanzar sostenidamente hacia una mayor igualdad y progreso de sus pueblos.

El paradigma latino abre el debate entre los expertos, donde se difiere si realmente los recursos naturales como agua, petróleo, minerales y tierras fértiles son una ventaja o desventaja para sentar las bases para una estrategia de desarrollo.

Desde mi perspectiva, creo que siempre es mejor más a menos. Pero el problema radica en cómo utilizar y manejar esa abundancia…

Si la administración de los recursos no es eficiente, la abundancia se transforma en escasez.

En una región acostumbrada a los cimbronazos económicos, con enormes fluctuaciones en el ciclo económico, la tentación de los Gobernantes de adoptar políticas cortoplacistas que potencien sus intereses particulares por sobre los generales es realmente elevada.

Y precisamente son estos mismos funcionarios los que confunden la noción de crecimiento con la de desarrollo. La diferenciación no es menor; tiene implicancias cualitativas muy grandes.

América Latina ha experimentado un crecimiento sin precedentes en los últimos diez años. Pero este crecimiento no fue algo excepcional de la región, sino que fue un rasgo común de todos los países emergentes. 

Aún más, cuando lo ponemos en esa perspectiva, Latinoamérica no fue una de las regiones emergentes que más rápido creció.

De todos modos, la expansión no deja de ser un síntoma positivo…

De acuerdo con cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) el PBI per cápita de la región creció más del triple en los últimos 21 años, pasando de USD 2.595,8 en 1990 a USD 9.634,4 en 2011.

Sin dudas que esta cifra refleja, en parte, los beneficios del crecimiento económico experimentado, pero no es lo único que hay que considerar.

También los números que reflejan la pobreza e indigencia están en los mínimos niveles de los últimos 20 años: 29,4% y 11,5% respectivamente, según la CEPAL.

Finalmente, la tasa de desempleo promedio también llegó a niveles óptimos. En 1991 se ubicaba en 7,5%, para 1999 había trepado a 11,2% y para 2012 se ubicó en 6,4%.

Todo es auspicioso hasta ahora. Entonces, ¿cuál es el problema de la región?

Claramente las cifras anteriores se vinculan estrechamente con la noción de crecimiento económico, pero poco nos dice sobre el desarrollo.

Cuando analizamos indicadores relacionados a esto último, comienzan los graves problemas para la región. Y esos problemas pueden resumirse en una sola palabra: desigualdad.

Es que Latinoamérica es una de las regiones del planeta donde la igualdad de oportunidades está menos arraigada en la población. A medida que hay más riqueza para repartir, la misma es concentrada en unas pocas manos, poniendo en riesgo el concepto económico de “derrame” que puede beneficiar a toda la población.

El coeficiente de Gini es un indicador de desigualdad ideada por el italiano Corrado Gini. Este indicador adquiere valores desde 0 hasta 1. Cuanto más cercano a 0, mayor igualdad en la distribución del ingreso. Cuanto más cercano a 1, mayor desigualdad.

El país más igualitario del mundo en relación a la distribución del ingreso es Noruega, con un coeficiente de Gini de 0,225. La Unión Europea en general tiene un valor de 0,302.

Y países que supieron ser emergentes antaño y que ahora se los considera desarrollados, como el caso de Australia o Corea del Sur, tienen índices de 0,305 o 0,316 respectivamente.

En América Latina la situación no luce tan bien. En 1990, el coeficiente de Gini latino mostraba un valor de 0,501. En 2011, de 0,492. Esto muestra a las claras que el crecimiento no se tradujo en desarrollo económico y eso es alarmante.

Y detrás de esta deficiencia encontramos múltiples causas, aunque una de ellas sobresale por encima del resto: la educación.

A pesar de que los países de Latinoamérica han invertido una proporción cada vez mayor de su PBI en educación, la administración de esos recursos, como lo muestra el gráfico siguiente, no ha logrado mejorar la calidad educativa.

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En el año 2000, la tasa de matriculación a la enseñanza primaria era de 92,7% de la población. Diez años después, el nivel se ubicaba en 93,9%. Si bien ha crecido la tasa neta, la cantidad de deserción de la escuela primaria también avanzó. 

E idéntico resultado encontramos en la enseñanza secundaria.

Lo anterior sugiere que en América Latina, en muchos aspectos, más puede ser menos. Y cuanto mayor sea ese menos, mayor será la desigualdad.

No es importante la cantidad de recursos, sino el cómo administrarlos para lograr más eficiencia.

Un saludo cordial.

Diego.

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