Argentina se aleja de sus amigos

Traumático como pocos, el 2001 divorció a la Argentina de los mercados, en una ruptura que continúa aún en nuestros días. La salida de ese descalabro -corralito mediante- dejó una herida que aún no cierra. Al llegar la devaluación de 2002, el peso pasó a ARS 3 por un dólar. Así, el Producto Bruto Interno (lo que genera la economía argentina por año) cayó de USD 300 mil millones a USD 100 millones, en aquel entonces. Como la deuda se suele expresar en un porcentaje de ratio deuda/PBI, el indicador rápidamente se disparó por encima de los 140 puntos porcentuales.

Posteriormente, sobrevino un proceso exitoso de desendeudamiento que poco a poco fue traicionando su naturaleza. Al día de hoy, el ratio deuda/PBI apenas supera los 40 puntos. La Unión Europea pone como tope un 60% para los países miembro. No estamos mal. Las cuentas no están fuera de control.

Sin embargo, hay un debate que vale la pena tener. Más de la mitad de esa deuda que tiene el país es intra-sector público. Es decir, con organismos como la ANSES o el Banco Central de la República Argentina. Específicamente, éste último observó cómo sus reservas se derrumbaron en casi USD 1.000 millones al 13 de febrero. Esto, porque los depósitos en dólares cayeron, pero también por el pago de unos USD 250 millones de deuda. El jueves pasado (dato que no figura en el siguiente gráfico), las reservas perforaron la barrera psicológica de los USD 42 mil millones. Con USD 41.871 millones tocaron el nivel más bajo desde el 14 de junio de 2007.

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De la mano de un banco central que -viento de cola mediante- no es capaz de comprar un número significativo de divisas y conservarlas, y con una financiación casi permanente al Tesoro, la emisión crece. Durante las primeras semanas de febrero la suba interanual de la base monetaria (dinero circulante, más depósitos a la vista) creció al 38,6%, frente al 35,2% registrado en enero.

“Mercados” se transformó en una mala palabra. Tal vez porque hoy somos incapaces de tomar deuda a una tasa menor de dos dígitos. Quizás sea porque nuestro riesgo país, en torno a los 1.100 puntos, supera ampliamente al de economías como la venezolana, que se ubica por encima de las 720 unidades y que antes era el máximo ejemplo de peligro regional para los inversores.  

UN CAMINO DISTINTO, EL DE LOS AMIGOS

Al parecer los “Gobiernos amigos”, aquéllos que tienen una visión similar de la política y la economía, están tomando nuevos rumbos. No sólo me refiero al chavista. 

La administración de Rafael Correa en Ecuador anunció que quiere emitir un bono y volver a los mercados después de ocho años. La historia de este país no fue menos traumática que la de la Argentina. En 2008, el Estado ecuatoriano suspendió los pagos de su deuda externa en dos instancias. Incluso Correa, catalogó de “verdaderos monstruos” a los bonistas que reclamaban en aquel entonces. ¿Le suena familiar la historia?

No obstante, Ecuador entiende la importancia de tener la venia del mercado. Endeudarse a tasas bajas es un golpe de efecto. Es decirles a los inversores que están haciendo las cosas bien y cuentan con el sello de calidad. La idea tampoco es pasarse para el otro lado y volver a niveles de deudas colosales.

De hecho, el Gobierno de Correa planea volver con un bono por aproximadamente USD 200 millones. No es una cifra que compromete el equilibrio fiscal, pero permite cortar con el aislacionismo. 

Le repito, no son casos aislados. La región está entendiendo la idea. Evo Morales logró colocar el primer bono después de casi un siglo. Para envidia nuestra, lo hizo con un título a casi 10 años y con un rendimiento de apenas 4,9%. Sí, menos de la mitad del porcentaje al cual podríamos colocar nosotros hoy, basándonos en el actual riesgo país criollo. 

Paraguay también colocó deuda a tasas bajas. Ninguna de estas naciones está pasando por severas crisis o está ahogada a punto tal que hayan tenido que traicionar sus principios para salir a buscar capitales. Saben la importancia de estar insertadas en el mundo y lucen sus tasas bajas como los chicos que desfilan por el parque con sus juguetes nuevos, ante la mirada de los demás. 

Mientras tanto, nosotros seguiremos pagando el costo de no pertenecer ni siquiera a nuestro círculo íntimo de amigos. 

UNA PROPUESTA CREATIVA

Por último, aprovecho para referirme a la parte final de mi artículo del newsletter anterior (La Argentina según Moreno) que causó un interesante debate.

Allí, en medio de un análisis sobre el cepo cambiario, incluí una propuesta creativa del consultor económico y profesor de la UBA, Matías Tombolini, para levantar dicho cerrojo.

En declaraciones a El Cronista, el economista explicaba: 

      ¿Qué sucedería si la compra de dólares fuera posible siempre y cuando dichos dólares, para poder salir de los bancos en forma de billetes, debieran estar depositados al menos dos años? ¿Y si se desea que salgan antes, sólo lo pueden hacer en pesos al tipo de cambio oficial?

      La idea es la siguiente, volver a habilitar la compra de dólares como estaba vigente antes del 5 de julio de 2012, en cuentas de ahorro con un formato jurídico diseñado a tal efecto, permitiendo el atesoramiento de moneda extranjera, pero con las restricciones que estaban vigentes luego de finales de octubre de 2011, lo cual limita la cantidad de dólares que se puede adquirir según la capacidad adquisitiva del comprador. 

      A eso se le agrega la característica que quien compra dólares sólo lo puede hacer si los deja depositados durante 2 años. Dichos depósitos pueden ser canjeados por pesos al tipo de cambio oficial en cualquier momento, o bien se pueden usar para adquirir bienes registrables como casas y autos. Al adquirir dichos bienes, el comprador cede la propiedad de dicho depósito al tiempo que el vendedor que toma esos fondos, sólo los puede utilizar 2 años después de haberlos recibido o retirar los pesos al tipo de cambio oficial. 

      Esto tiene como idea además, que los bancos tomadores de dichos dólares podrían prestar fondos calzados contra los depósitos mencionados que tendrán una tasa de interés real negativa, de modo que se podría exigir a los bancos que brinden financiamiento para la construcción a tasas muy bajas, por períodos de 24/36 meses. Los ahorristas podrán pensar que esto implica confiar en que al cabo de 2 años, esto podría no cumplirse, pero lo cierto es que con una brecha de más de 50% el incentivo que se genera es altísimo.


Muchos, como anticipé en mi columna, señalaron que la propuesta les recordaba al temido corralito, otros señalaron que les parecía muy buena. Sin embargo, lo interesante fue el debate que se generó. Surgieron propuestas para desarticular el cepo, algunas incluso siguen llegando.

Personalmente, la propuesta de Tombolini no me parece la más adecuada para la Argentina de hoy. No obstante, en medio de tanta crítica, me pareció que fue de los pocos que se animó a proponer algo distinto, una salida. Por tal motivo y esperando gatillar respuestas de nuestros suscriptores -sean críticas

, contrapropuestas, o apoyos a la idea- fue que decidí incluirla en mi columna.

Es el momento de deponer las armas y plantear ideas, por descabelladas que suenen. Ya habrá tiempo para seleccionar las mejores y descartar las que resulten inaplicables. Como le dije al despedirme la semana pasada: tenemos dos Argentinas para unir, la que habitamos usted y yo, y la de las estadísticas oficiales.

Saludos cordiales.

Ignacio.

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