Banco Central: ¿prestamista de última instancia o caja chica?

La Reserva Federal (Fed), el Banco Central Europeo (BCE), el de Japón y el argentino tienen algo en común. Todos ellos -de alguna manera- son muleta de una economía que renguea. En algunos casos, el apoyo es necesario para resucitar la actividad y, en otros, se transformó en una costumbre que atrofia.

A mediados de octubre del año pasado, la Fed lanzó su Quantitative Easing III (tercer plan de expansión monetaria), a través del cual permite la compra mensual de USD 40.000 millones de deuda hipotecaria, continúa la “Operación Twist” y se mantiene la tasa en niveles virtualmente 0.

Siguiendo la tendencia y, en el mismo mes, el BCE anunció la compra ilimitada de bonos de deuda pública de corto plazo para aquellos países que atraviesan dificultades fiscales. El banco de Japón también hizo lo suyo: expandió la adquisición de activos en 10 billones de yenes (USD 127.000 millones), cerca del doble de lo que estimaban los analistas.

Mediante este shock de liquidez por parte de los principales emisores mundiales, las potencias esperan salir del mal momento. La onda expansiva de la bomba que estalló en 2008 en el sector inmobiliario y financiero de Estados Unidos todavía sigue moviendo los cimientos de las principales economías.

Esta situación reavivó un debate que tiene más de 200 años: ¿los bancos centrales deben ser prestamistas de última instancia? Y si es así, ¿en qué situaciones deben actuar?

En los primeros pasos del siglo XIX -ante la crisis- los economistas se referían al Banco de Inglaterra como “la última instancia” a la cual las entidades financieras podían recurrir en busca de liquidez. Teóricos clásicos como Henry Thorton y Walter Bagehot ya por esos días señalaban que la entidad emisora debía velar por la estabilidad del sistema bancario y evitar un posible “efecto contagio”. Palabras muy similares a las que escuchamos cotidianamente de la boca de Ben Bernanke -titular de la Fed- cuando presenta un nuevo plan de estímulo.

LA VERSIÓN CRIOLLA

Sin embargo, más allá de los debates conceptuales, hay un punto en el cual la mayoría de los analistas coincide. Los bancos centrales tienen como una de sus principales funciones velar por el valor de la moneda local. En casos de crisis -sostienen algunos- pueden intervenir a través de una expansión monetaria. En casos de crisis y no de forma permanente, remarcan. De lo contrario, se corre el riesgo de que el remedio se transforme en placebo.

Lejos de estar ante un contexto internacional desfavorable, los términos de intercambio favorecen al país. Los precios de sus principales exportaciones registran niveles muy altos, como sucede con la soja, el maíz y el trigo que se encuentran en USD 523, USD 279 y USD 277 respectivamente.

No obstante, el Tesoro se apoya cada vez más en los adelantos transitorios del Banco Central de la República Argentina (BCRA) para financiar un Gasto Público que crece año a año.

De acuerdo con un estudio del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF), al cierre de 2012, la asistencia incrementó a un total de ARS 127.730 millones, lo que implicó un aumento de ARS 60.600 millones respecto de los adelantos otorgados en 2011. Esto se tradujo en una suba de 90%. Como se puede ver en el gráfico a continuación, es la mayor tasa de los últimos ocho años.

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A partir de la última reforma a la Carta Orgánica del BCRA -en abril del 2012- esta situación se profundizó. La entidad emisora que comanda Mercedes Marcó del Pont duplicó el nivel de montos permitidos para adelantos transitorios del 12% de la base monetaria, más el 10% de los recursos en efectivo que el Gobierno haya obtenido en el último año, al 12% de la base monetaria, más el 20% de los recursos que el Ejecutivo haya obtenido. 

Pensando en lo que se vendrá, en el IARAF que encabeza el economista Nadín Argañaraz señalan que resulta baja la probabilidad de que se revierta esta tendencia, especialmente considerando que se trata de un año eleccionario, en el cual existe alta probabilidad de que se aceleren las tasas de crecimiento del Gasto Público y, por ende, se requiera de una asistencia financiera importante del Banco Central de la República Argentina.

Al calor de esta tendencia, el Gasto Público creció un 34% interanual en noviembre. La expansión monetaria trepa a un ritmo de casi 40% y la devaluación araña los 20 puntos porcentuales. Una biblioteca entera señala que esta fuerte emisión es la que motoriza un nivel de inflación que cuesta saber -a ciencia cierta- si es del 25% o el 30%. La otra biblioteca -a la que recurre el Gobierno- señala que este problema nace desde la restricción especulativa de la oferta. 

Independientemente del punto de vista con color político que se lo mire, habrá que analizar si del banco central se hace uso o abuso, si lo utilizaremos como prestamista de última instancia o se eternizará como una caja chica a la que no se le rinden cuentas.

Saludos cordiales,

Ignacio.

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