Analizando las fábulas de los mercados

La teoría de los mercados eficientes afirma que el precio de una acción puede ser representado por una serie aleatoria e inopinada que puede alterarse frente a la aparición de nueva información que, por definición, es también impredecible.

Dependiendo del set de datos disponible que se refleje en los precios, se determinan tres niveles de eficiencia. El primero es el débil, que considera que los precios de las acciones reflejan toda la información referente a sus precios y al volumen de transacciones en el pasado. Esto implica que el análisis de estas series no permitiría que un inversor le gane al mercado.

La semifuerte considera que todos los datos públicos disponibles que hagan alusión a las perspectivas de una empresa deben estar exhibidos de manera patente en el valor de sus papeles, por lo que nadie podría derrotar al mercado con ellos, porque ya fueron asimilados.

La fuerte supone que tanto la información pública como la insider information están reflejadas en el precio de la acción, por lo que no habría forma alguna de que el inversor sobrepase al mercado.

En un mercado eficiente, los valores de los activos reflejan inmediatamente los datos nuevos. Además, su variación está dada por dichas novedades, por lo que es impredecible. Así, las estrategias de trading buscando rendimientos extraordinarios sobre la base de reglas técnicas fracasarían.

Pero existe una plétora de administradores e inversores que realizan estrategias activas y agresivas esperando obtener retornos superiores a los justificados, ya que acuden a un alto nivel de riesgo en sus carteras. Este hecho resulta contradictorio con la hipótesis de eficiencia de mercado.

Por lo tanto el sentido aleatorio es difícil de admitir, dado que existen una multiplicidad de roces  o elementos que se combinan, en menor o mayor medida, para contornear los mercados actuales, que son de por sí imperfectos.

La información es clave

En base a la teoría de eficiencia, obtener resultados superiores al mercado depende de la información con que se cuente para valorar estos activos. Además, hay que ver qué tan bien se usan esos datos.

Las anomalías existen, pero también es difícil asumir que no se regulen en el tiempo. Es decir, que no ocurran con frecuencia una vez descubiertas. Por ejemplo, hay un refrán que dice “vende en mayo y lárgate”.

Ésta y muchas otras anomalías o distorsiones del mercado son acompañadas por alguna estadística representativa de la ganancia que pudiera haberse realizado si se hubiese repetido dicho comportamiento a lo largo de muchos años o durante un plazo largo de la historia reciente. En este caso específico se verificó que en ese mes la mayoría de los años los principales índices de la Bolsa de Estados Unidos sufrieron bajas.

A diferencia del anterior, se ha instalado en el inconsciente de los inversores el “efecto Halloween” -el 1 de noviembre-, cuando se debe volver a apostar por los activos de riesgo en los mercados; y el “efecto enero”, cuando las Bolsas suben, especialmente las empresas de menor capitalización bursátil (small caps).

Por otro lado, los que pregonan el “efecto septiembre” se valen del hecho de que los líderes de fondos y los inversores institucionales en general vuelven de su descanso y de vacaciones, y se dan gestas negativas en el mercado, acompañadas de un elevado volumen respecto a agosto.

Lakonishok y Schmidt fueron más allá, e investigaron el promedio de acciones industriales del índice Dow Jones entre 1897-1986 y determinaron la evidencia de anomalías en torno a los cambios de mes, los fines de semana y los días anteriores a los feriados.

También, se demuestra la existencia del efecto “día de semana” en otros mercados accionarios del mundo, como los europeos. Dubois y Louvel estudiaron esto en Francia, Inglaterra, Alemania y Suiza, entre otros, y concluyeron que la rentabilidad media de los lunes es negativa.

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