El lado oscuro de la deuda

Bill Bonner

La Presidenta argentina visitó Estados Unidos en otoño de 2012. Fue invitada a hablar en las universidades de Harvard y Georgetown. Los estudiantes aprovecharon la oportunidad para hacerle algunas preguntas, especialmente acerca de los divertidos números que Argentina utiliza para hablar de su inflación. Sus burócratas ponen el índice de precios al consumidor (IPC) en menos de un 10%. Pero los analistas independientes y las amas de casa saben que es una mentira.

Los precios están subiendo alrededor de 25% por año.

En una de las conferencias de prensa que otorgó, Cristina salió al cruce de los cuestionamientos: “Realmente, ¿creen que los precios al consumidor en Estados Unidos sólo se elevan a un ritmo de 2%?”

2% es lo que la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos (BLS, en inglés) da a la inflación de precios al consumidor. Sin embargo, tanto en América del Norte como en América del Sur, los analistas tratan a los números como si fueran presos de Guantánamo. El objetivo es conseguir que digan lo que ellos quieren oír, sin dejar marca alguna. Cristina tiene razón. Todos los números se doblan bajo presión y puede ser que se tuerzan en la forma que más les convenga.

La “cifra” de inflación es probablemente el número más importante que a los “dibujantes de números” les gusta dibujar, porque también dibuja a todos los otros números. Si alguien dice que su casa subió de precio, necesitamos saber cuánto subió de precio todo lo demás. Si una casa duplicó su precio, mientras que todo lo demás también lo hizo, no se percibe ganancia alguna. Del mismo modo, su salario puede estar aumentando, pero no le significará nada a menos que suba más que las cosas que compra. De lo contrario, usted podría quedar parado en el mismo lugar mientras el mundo sigue girando sin usted.

Hasta el crecimiento del PBI es ajustado por la cifra de inflación. Si la producción aumenta en un 10% pero el IPC también está subiendo a razón del 10% entonces, descontando la inflación, la producción queda igual. Las pensiones, impuestos, algunas formas de seguros: el número del IPC se usa para corregir las distorsiones causadas por la inflación. Pero si el número del IPC en sí está distorsionado, entonces todo se tuerce.

Usted puede pensar que es una simple cuestión de medir la tasa de aumento de precios. Basta con tomar una canasta de bienes y servicios. Siga los precios: el problema es que las cosas en la canasta tienden a cambiar. Usted, en Estados Unidos, puede comprar frutillas en junio, cuando están disponibles y son razonablemente baratas. Pero si las quiere comprar en marzo van a estar más caras. En ese momento usted estará tentado a decir que los precios están subiendo, porque eso es lo que está pasando en realidad.

Los dibujantes de números no necesariamente niegan la verdad, simplemente la redefinen. En primer lugar, hacen “ajustes estacionales” con el fin de mantener las frutillas fuera de la canasta de marzo. En segundo lugar, hacen sustituciones. Cuando algo se vuelve caro, los compradores cambian eso por otras cosas. Los analistas insisten en que se sustituyan por otros elementos que sean de la misma calidad, para mantener una medida correcta. Pero esto trae un nuevo inconveniente.

Digamos que usted necesita comprar una nueva computadora. Va a la tienda y encuentra que el equipo que ofrecen tiene el mismo precio que el que usted compró el año pasado. ¡No hubo aumento del IPC en ese artículo! Pero si se fija bien, se da cuenta de que esta computadora es dos veces más potente. Ahora usted está adquiriendo una PC con el doble de potencia por el mismo precio. Usted realmente no necesita de un equipo así, pero no puede comprar la mitad. Así que de su bolsillo sale la misma plata que sacó el año pasado para comprar la máquina que tiene.

¿Qué hacen los estadísticos con esa información? ¡Dicen que el precio por potencia de la computadora se ha reducido a la mitad! Y lo pueden demostrar con sólo mirar los precios de equipos usados. Si usted pone su computadora en el mercado la vendería por la mitad que el nuevo modelo. Esto significa que el nuevo modelo es el doble de bueno.

Este razonamiento no parece poco razonable. Pero una computadora de USD 1.000 es una parte sustancial del presupuesto de la mayoría de hogares. Y este ajuste “hedonista” de precios ejerce una atracción grande a la baja sobre la medición de precios al consumidor, a pesar de que un hogar típico recibe exactamente lo mismo este año que el año pasado. El costo de vida de una familia promedio no ha cambiado, pero los institutos como el Indec afirman que está gastando menos.

Usted puede ver cómo este enfoque puede funcionar para otras cosas. Un automóvil, por ejemplo. Si las compañías de automóviles comenzaran a hacer sus autos el doble de rápido –y duplicando los precios- los estadísticos tendrían que ignorar los precios escritos en el parabrisas y concluir que no han cambiado.

¿Y qué tal hablar de otras cosas? Por ejemplo, una mujer compra un nuevo par de zapatos por USD 100. Al año siguiente, los zapatos ya no están de moda. Ella trata de vender ese par en una tienda de ropa usada y sólo consigue USD 5 –una caída del 95%. ¿Eso quiere decir que un nuevo par de zapatos es 20 veces más costoso? Si esto es así, suponiendo que compra otro par por USD 100, ¿realmente ha conseguido un valor de USD 2.000 en zapatos?

Hedonismo, ajustes estacionales, sustituciones –los estadísticos pueden engañar con cualquier número que ellos escojan.

Los institutos de estadísticas le darán un número preciso para el IPC, como si tuviera un significado específico, exacto. Sin embargo, todos los números son sospechosos, y los economistas construyen cosas con ellos como si usaran ladrillos. Y sobre estos ladrillos con olor a pescado es que erigen sus políticas de planificación central: un bacalao saltarín es apilado encima de una resbaladiza trucha, sobre de lo cual se sube una anguila imposible de agarrar.

Le repito: es sobre este cúmulo maloliente sobre el que arman sus políticas.

Los matices de la “inflación” van mucho más allá de la prestidigitación estadística. ¿Qué es la inflación? ¿La palabra se refiere sólo a la subida de los precios al consumidor? ¿O también al aumento del suministro de dinero? La distinción tiene consecuencias enormes. Porque en los años posteriores a la crisis entre 2008 y 2009 fue la ausencia del primero el que permitió a los bancos centrales añadir mucho a este último punto.

En otras palabras, la medición de la “inflación” no sólo había traído una variedad de consecuencias para los tenedores de bonos, los inversionistas, jubilados y demás, sino que también había creado una distorsión enorme en el sistema monetario de todo el planeta. Mientras la inflación de precios al consumidor no se manifieste de una manera desagradable, los bancos centrales sienten que pueden crear tanta inflación monetaria como quieran. Los aumentos en las bases monetarias del mundo –la inflación monetaria del tipo más básico- causaron que acciones, bonos y materias primas subieran. En general, es una forma bastante agradable de inflación y los bancos centrales quieren seguir inflando los precios lo más que puedan.

Una vez más, su ingeniería está llena de contradicciones y falsas pretensiones. La tasa real de aumento de los precios al consumidor en Estados Unidos no se conoce. Pero esto no carece de importancia. Las personas colocan sus apuestas. Dependiendo del número del IPC, algunas personas ganan y otras pierden. Y quien tiene la mayor apuesta de todas es la misma que lleva las cuentas. El Gobierno quiere el IPC más bajo posible. Ayuda a mantener los ingresos arriba y los costos abajo. Los pagos del Seguro Social, por ejemplo, se ajustan a los incrementos del IPC y pasa lo mismo con los bonos federales ajustados por inflación. Y con los impuestos también.

Pero una baja cifra de inflación también permite a los bancos centrales seguir inflando el suministro mundial de dinero. Se han añadido miles de millones de dólares directamente al sistema bancario, y miles de millones más a los precios de los activos y a la deuda mundial. El aumento de la inflación podría haber asustado a los prestamistas. En cambio, el aumento de los precios bajos los tranquilizó tanto que compran más y más bonos de Estados Unidos a precios cada vez más altos.

Los niveles de deuda han subido desde 2007 como el agua en un sótano inundado, incluso con miles de hogares desesperadamente tratando de rescatarse a ellos mismos. En un primer momento, la deuda adicional fue tomada casi en su totalidad por el Gobierno. Pero en el otoño de 2012 (boreal), los consumidores también habían renunciado al rescate y decidieron unirse a la diversión. Esto se informó en la prensa como un presagio de los buenos tiempos que venían:

“El aumento de la deuda de los hogares podría ser una señal de fortalecimiento de la recuperación”.
Después de la reducción de la deuda durante 14 trimestres, los hogares finalmente se cansaron. Se acercaron a la caja con tarjetas de crédito en mano y cumplieron con su deber patriótico: compraron cosas. Se hundieron más en la deuda. Una vez más estaban comprando artículos que realmente no necesitaban con un dinero que realmente no tenían.

Los economistas celebraron el evento sin decir nada, como un pavo esperando la cena de Acción de Gracias. Era como si pensaran que la deuda no estaba sujeta a la ley de los rendimientos decrecientes, como si no hubiera inconveniente alguno en ello.
Los números nos ayudan a definir detalles, precisión, medidas y una evaluación de la realidad. Nosotros lo entendemos, no con dígitos, sino con análogos. Decimos “esto es como” o “me recuerda a”. La literatura, la filosofía, la historia y la economía nos ayudan a dar sentido a los fenómenos que nos rodean.

Necesitamos historias con tramas, héroes, villanos y eventos adversos, además de historias con moraleja.

Los economistas antiguos sabían esto. Los “dos Adams escoceses” –Adam Smith y Adam Ferguson- que fueron los fundadores de la economía tal como la conocemos, ni siquiera se autodenominaban economistas. Si hubieran tenido tarjetas profesionales para repartir, probablemente habrían escrito “filósofos morales” como profesión. Ellos estudiaron los datos, la evidencia, no por los números, sino por la moraleja de la historia.

En cierto sentido, el verdadero problema en el siglo XXI es que los economistas han escogido la analogía equivocada, o la historia equivocada. Piensan que son científicos. Piensan que la economía puede ser tratada como una rama de la ciencia, donde problemas acotados pueden ser reducidos a números y luego manipulados y resueltos.

Por supuesto, no es tal cosa.

No existen experimentos controlados y las condiciones iniciales son siempre diferentes. No hay resultados reproducibles ni hipótesis que puedan ser refutadas. Es por eso que muchas de las peores ideas en economía nunca se van, a pesar de que han tenido resultados desastrosos cada vez que han sido aplicadas.

Ya hemos visto lo rápido que esta analogía con la ciencia se rompe. Los planificadores, reparadores y mejoradores no pueden medir realmente lo que creen que se puede medir. Más que eso, nunca podrán saber si están yendo o viniendo, si lo están haciendo bien o mal.

Pero vamos a mantener una mente abierta. Aunque es sin duda cierto –en lo abstracto- que los economistas ni siquiera saben cuál es la tasa de desempleo exacta o no pueden decir si el aumento del PBI hará que la gente esté mejor o peor, tal vez no es menos cierto que sus buenas intenciones (si eso es lo que son) de alguna manera triunfan sobre su torpe incompetencia.

Tal vez, como pasa con los rezos, no puede entenderse cómo funciona, pero si usted cree, quizás ayuda.

Además, suponiendo que hoy los economistas se encaminan en la dirección correcta, ¿no deberían seguir adelante? ¿Acaso luchar por hacer de este mundo un lugar mejor no es una cosa buena en sí misma? ¿Dónde está el inconveniente?

Ah, usted tendrá que sintonizar mañana.

Saludos,

Bill Bonner.

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