Consecuencias económicas de la manipulación del dólar

La semana pasadas fuimos testigos de la oficialización de lo que en la práctica estaba vigente: el BCRA emitió una circular a través de la cual dejaba en claro que los argentinos ya no podían comprar moneda extranjera cuyo destino fuera el ahorro o atesoramiento.

Sin dudas se trató de una vuelta de tuerca más a la “batalla cultural” que el Gobierno ha decidido librar contra la devoción que los argentinos tienen hacia el dólar estadounidense.

Lo que comenzó con una serie de controles débiles en noviembre pasado para apaciguar una mini corrida contra el peso argentino, se ha convertido en un problema cuyas dimensiones no están siendo del todo ponderadas en la actualidad. Esto demandará  medidas costosas si el objetivo es, en algún momento, regresar a las épocas de antaño donde el argentino acudía libremente al mercado de cambios.

De todas formas, si de costos hablamos, la economía está sintiendo en la actualidad los efectos negativos de la decisión de limitar el acceso al mercado cambiario.

Por un lado, el efecto más inmediato fue la virtual paralización del mercado inmobiliario, con una caída superior al 50% interanual de las operaciones en ese mercado, donde los vendedores se resisten a aceptar pesos argentinos a cambio de sus propiedades, mientras que los compradores que cuentan con dólares buscan descuentos de precios a través de ofertas agresivas para hacerse de los inmuebles.

Esta coyuntura del mercado de real estate en la Argentina está lejos de poder solucionarse en lo inmediato y el sector continuará paralizado, al menos en el corto plazo, con adversas consecuencias sobre el nivel de empleo, no sólo en los intermediarios inmobiliarios, sino en la actividad de la construcción en general.

Otro de los impactos que están afectando al nivel de actividad proviene por el lado del financiamiento bancario al consumo privado.

Desde que se impusieron los controles, los bancos perdieron más del 40% de sus depósitos en dólares (casi US$ 6.000 millones) ante el miedo de los depositantes a que se intensificaran las medidas restrictivas contra la divisa estadounidense. Paralelamente, la tasa de crecimiento de los depósitos en pesos argentinos se redujo sustancialmente como consecuencia de la incertidumbre creada tras la medida y por la continuidad de la elevada inflación.

La sensación de que el dólar informal está “barato” (a pesar de que se sitúa un 33% por encima del valor del dólar oficial) y que la tasa de interés continúa siendo claramente negativa en términos reales, han generado cierta reticencia de los ahorristas a seguir colocando su dinero en plazos fijos en pesos.

La consecuencia de lo anterior es una tendencia creciente de la tasa BADLAR (tasa de interés pagada por bancos a depósitos mayores a $ 1 millón) que pasó del 11% al 14% en menos de un mes, presionando sobre el costo que los bancos cobran en sus préstamos, especialmente a los vinculados con el consumo.

Se estima que la tendencia alcista de la BADLAR podría continuar en los próximos meses, por lo que los consumidores deberán enfrentarse a préstamos cada vez más caros, situación que podría erosionar el consumo privado, pilar fundamental del actual modelo económico.

En definitiva, se vienen tiempos menos favorables, por lo que deberíamos abrir el paraguas.

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