Argentina y la desconfianza

“Mejor malo conocido que bueno por conocer”
Dicho popular.

Plataforma DigitalMuy bueno el editorial de Merryn Somerset-Webb en Money Week el pasado viernes. Fue una de esas pequeñas piezas periodísticas que van un paso más allá, con implicancias en una serie de temas. Esas pequeñas piezas que funcionan como disparador de muchas otras cosas.

El título, juguetón, ya prefiguraba algo interesante. “In Gold We Trust”, que se traduce literalmente como “En el oro confiamos”, era en realidad un guiño a la leyenda que aparece en los dólares estadounidenses: “In God We Trust”, o “En Dios confiamos”.

Pero vamos a la nota. Somerset-Webb arranca contando sobre un vecino de ella que está escribiendo un libro acerca de Somalia. El libro, “The most dangerous place on Earth” (“El lugar más peligroso de la Tierra”), apunta a transformarse en un análisis del pasado reciente de un país destruido por hambrunas y sucesivas guerras civiles.

Pero la editora le da una vuelta interesante al mencionar ciertos aspectos de la economía somalí en los que nunca reparamos.

“Si bien hace un par de décadas que Somalia está inmersa en una etapa durante la cual no ha tenido un Gobierno central con el cual hablar, de todos modos no es el Estado fallido que se piensa que es. En marzo, The Economist señaló que su moneda, el chelín somalí, sigue en uso, lo cual es verdad. Incluso, no sólo todavía está en curso (a pesar de no tener respaldo alguno) sino que ha mantenido la mayor parte de su valor: los Estados fallidos generalmente terminan hiperinflando su moneda hasta hacerla desaparecer y de una manera u otra recurren al dólar estadounidense en su lugar. 

“No así Somalia: las grandes transacciones generalmente se ´dolarizan´, dice The Economist, pero las más pequeñas se llevan a cabo en chelines relativamente estables. Un informe en 2006 sugirió que, en agradable contradicción a toda la teoría económica, cerca del 80% de los intercambios financieros en Somalia se llevaron a cabo en chelines.”

Me pregunto si es posible pensar en la condición de Argentina como un eventual Estado fallido. A falta de uno, en los últimos 40 años hubieron dos episodios hiperinflacionarios, que implicaron “borrones y cuenta nueva” y cambios de monedas. Del peso al austral y del austral al peso convertible. La crisis de fines de 2001, condefault, estallido social y sangre en la calles, terminó con la Convertibilidad y devaluó el peso.

Con eso ya tendríamos un “requisito”. Todos estos episodios han llevado a que Argentina sea un país que no confía en su propia moneda. Las operaciones inmobiliarias son una muestra de ello: tal como en Somalia, son pagadas en dólares estadounidenses. Cuando le comenté a mi padre, en Chile, que para comprar un departamento en Argentina la gente iba al banco con los dólares escondidos dentro de la ropa y que luego se contaban billete por billete en un cuarto privado, no me lo podía creer.

“Y ¿por qué hacen eso?”, me preguntó.

“Es que para cuidarse de una devaluación, las propiedades están denominadas en dólares. La gente no confía en el peso”.

“Ah…”.

(…)

Volvamos a la nota de Somerset-Webb. Luego de la sorprendente constatación de que a pesar de la crisis, guerra e inestabilidad (porque ésa sí que es inestabilidad o “falta de reglas del juego”), la editora de Money Week nos cuenta que ante la ausencia de un banco central real (técnicamente el central somalí reabrió en 2010 luego de varios años cerrado, pero en la práctica su influencia en la economía del país es mínima), desde 1992 que no se emiten nuevos chelines. La lógica es que al no haber banco, no hay emisión y, con esto, se produciría una “cobertura por omisión” de los riesgos inflacionarios. “Sin embargo”, dice, esto “también está relacionado a la confianza, algo de lo cual no disponen más muchas monedas respaldadas por bancos centrales”.

“La explicación de The Economist es la siguiente: Dado que es muy probable que cada parte en una transacción coloque a la otra dentro de este sistema de afinidad de Somalia, el chelín se ve apuntalado por una fuerte cohesión social… un individuo que desobedece el sistema corre el peligro de poner en riesgo la confianza en él mismo y en su clan.”

Luego de esto, Somerset-Webb gira la cabeza y su título juguetón comienza a hacer sentido. Menciona que en el mundo existe otra moneda que no está respaldada por ningún banco central y cuyo valor está basado en algo tan simpe como su escasa oferta y la confianza: el oro.

Cuenta que las monedas de oro acuñadas para los Juegos Olímpicos de Londres no sólo se están vendiendo como pan caliente, sino que en China pasan de mano en mano con un recargo de hasta el 50% de su precio original. Casi todo chino que viaja a Londres lo hace con una lista de amigos y familiares que le han encargado, no sólo esta moneda, sino que cualquier moneda de oro que cuente con cierta liquidez.

“Todo esto tiene sentido. El mercado inmobiliario está en problemas, el mercado de valores no es un mercado real y tampoco está en alza, y las tasas de los depósitos están muy por debajo de la inflación; por ende, es perfectamente racional que los chinos que tienen algo de dinero de sobra estén en busca de otra forma de ahorrar. El oro funciona para esto y las monedas de oro, en particular, funcionan bien. 

“¿Por qué monedas? Porque se transportan de manera fácil: la fuga de capitales de China podría no ser estrictamente legal pero parecería estar creciendo con rapidez. ¿Y qué mejor manera de mover su dinero que mediante un lindo souvenir? Las monedas, dice The Times, ‘no son ostentosas, representan objetos de colección y son susceptibles de convertirse en dinero en efectivo’. Todas buenas razones para tenerlas.”

In Gold We Trust, ahora tiene sentido.

(…)

“¿Y no pueden tener cuentas denominadas en dólares y hacer una transferencia bancaria? Así no es necesario andar con los billetes, eso como en una película de mafia”, dijo mi padre.

“Es que la gente tampoco confía en los bancos”.

“Ah…”.

ALGUNOS COMENTARIOS ADICIONALES…

La semana pasada descubrí a este dibujante, Malaimagen. Siempre me ha fascinado el poder de síntesis de los buenos dibujantes y la siguiente viñeta es un claro ejemplo de aquello:

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Reír para no llorar.

Felipe.

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