¿Y si esto fuera mucho más (o menos) que una crisis financiera?

Tras el cierre de cada edición de la revista InversorGlobal, que a partir de la semana próxima podrán disfrutar en su versión impresa o en su formato digital a través de nuestra plataforma Premium, aprovecho la calma que antecede a la tormenta del nuevo proceso de edición, armado y despache a la imprenta. 

Aprovecho, sobre todo, de leer. Si tengo tiempo, alguna novela. Pero también noticias del mundo y, claro, de economía y finanzas. Así fue como di con un análisis de Simon Caufield sobre la prolongada crisis financiera y económica que se desató hace ya casi cinco años con el descubrimiento de las llamadas hipotecas subprime

Luego de tres años y medio de la caída de Lehman Brothers, dice Caufield, los Gobiernos occidentales todavía enfrentan grandes déficits. Las tasas de interés aún se encuentran en sus niveles más bajos y los bancos centrales están emitiendo cada vez más moneda. Pero a pesar de esto, el desempleo continúa creciendo y los salarios no pueden seguirle el paso a la inflación (en el mundo desarrollado, en este caso no estamos hablando de Argentina). ¿Qué ocurre entonces? El profesor Bruce Greenwald, de la Universidad de Columbia, estima que el tratamiento no está funcionando porque la enfermedad se diagnosticó mal. 

Que esto no es una crisis financiera. 

Claro, así como así es difícil de creer. Y mucho menos de creer. Partamos por recordar el período 2003-2007. La gente gastó sus ingresos de tal forma que las tasas de ahorro se fueron a cero, con Estados Unidos en medio de un boom de la construcción e Inglaterra en un boom del sector bancario y del consumo privado. Pero ninguna de estas dos economías alcanzó pleno empleo y, encima, sus niveles de salarios reales promedio se estancaron. 

Entonces, el supuesto boom económico fue sólo para algunos.

Según cuenta Caufield, Greenwald sugiere que esto no es una coincidencia y que para entender la crisis financiera hay que explicar qué pasó antes. Así, retrocediendo, su explicación se basa en la fuerte caída del empleo en las fábricas del primer mundo. El gasto de los consumidores, de los Gobiernos y las fuertes inversiones no lograron ser consistentes en el largo plazo porque las fábricas se deshicieron de sus empleados, llevando esos trabajos a China, India y otros lugares. 

Y en Estados Unidos y Europa nadie lo notó porque las tasas de interés a niveles de regalo, lo que permitió -y en cierta forma, empujó a- el endeudamiento como la principal herramienta para mantener sus estándares de vida.

Entonces, el problema tiene dos grandes causas. Primero, la eficiencia productiva fue mejorando pero fue dejando de lado el crecimiento de la producción final. Esto, por un lado ha mantenido los precios de los bienes manufacturados pero a costa de golpear el empleo. Los empleos en las fábricas pagan buenos salarios a gente que con poca educación relativa. Al enviar la producción al exterior, los empleos fabriles fueron reemplazados por trabajos en el área de servicios (vendedores, trabajadores de restoranes o call centers), que pagan poco. Según el estudio de Greenwald, algo similar ocurrió en Estados Unidos en los años 30, cuando la industria en vías de extinción era la agricultura. La mecanización y los fertilizantes mejoraron la productividad, entonces el mismo volumen de alimento podía ser cosechado por menos trabajadores. Así, los trabajadores agropecuarios innecesarios, atrapados por la caída de los precios del mercado inmobiliario, superaban largamente la oferta de trabajo para los pocos puestos disponibles que había. 

Los economistas de la Escuela de Viena dicen que otros países manejaron la transición mejor que Estados Unidos y que fue justamente la intervención del Gobierno lo que convirtió una situación difícil en lo que conocemos como Gran Depresión. El Presidente Franklin D. Roosevelt legisló para mantener los salarios del sector agrícola. Si hubiera los hubiera dejado caer, dicen los discípulos de Hayek, se hubieran perdido menos puestos de trabajo. Es difícil hablar en supuestos de qué hubiera pasado, pero siguiendo el juego creo que esto habría generado una pauperización de la clase trabajadora y el incentivo a una desigualdad estructural que, en sus consecuencias, sería peor a los males mencionados por los austriacos. Por otro lado, un plan de largo plazo por parte del Gobierno no habría creado la necesidad de su accionar constante como estimulador del capitalismo.

La segunda parte del problema, plantea Greenwald, es la globalización. Los empleos de las fábricas del primer mundo se han mudado sostenidamente hacia Asia desde principio de los años 80 y es esa la razón de que el origen en el estancamiento de los salarios sea de esa esos años. El primer gran beneficiario fue Japón. Luego China, India y el resto de Asia. Entre 2003 y 2007, Estados Unidos registró un déficit comercial de hasta 7% con el resto del mundo, lo que quiere decir que el resto de su economía debía crecer al menos un 7% por año para no ser deficitaria. 

Ahora es muy improbable una reversión de la globalización. Tal vez ni siquiera sea la solución. Cando uno ve imágenes de una fábrica automotriz japonesa ve que en realidad son robots los que hacen todo el trabajo. Entonces, por mucho que se trate de una cuestión de inversión de capital para instalar y poner a funcionar esa maquinaria, esto ya no significará necesariamente la creación de puestos de trabajo. 

Entonces, ¿qué otras industrias podrían remplazar a la industria manufacturera? Elegir ganadores no es aconsejable. Pero los principales candidatos serían educación y salud, escribe Caufield. Ya han creado muchos puestos de trabajo y, por ejemplo, Inglaterra es competitiva en estas industrias. Claro, requieren una alta calificación y, por ende, de altos niveles de gasto previo en capital humano. 

Se puede ver por qué los políticos estadounidenses están a favor de restringir las importaciones (sí, también sucede en Estados Unidos). El análisis de Greenwald aporta algún tipo de justificación. 

Primero, golpear a China es popular, en especial en un año electoral como este. Además, Estados Unidos aún es capaz de producir cosas que son importadas desde Asia. En este sentido, algunas restricciones a las importaciones cuidadosamente direccionadas podrían aumentar el empleo un poco sin necesidad de comenzar una gran guerra comercial. 

Ello no se aplica, sin embargo, en una economía abierta pero mucho más pequeña, como son las de los países europeos y, sobre todo, Inglaterra. A Europa sólo le queda debilitar sus monedas (acá el euro es otro problema, pero obviémoslo por ahora) para que sus exportaciones sean comparativamente más baratas. Los distintos paquetes de estímulo no están ayudando mucho porque casi todos los bancos centrales están haciendo lo mismo, jugando con el mismo plan para impulsar sus propias exportaciones. 

Y acá viene el futuro gran problema global.

James Grant, quien publica en el Grant Interest Rate Observer, nos cuenta Caufield, compara la inflación con el kétchup. Uno pude agitar la botella sin parar sin que pase nada. Le pega en la parte de atrás, la mueve, le da contra la mesa. Y nada. Pero de pronto, sorpresa: la comida está toda roja y, mientras tratamos de limpiarla (sabiendo que el daño ya está hecho y que todo tendrá, indefectiblemente, sabor a kétchup), nos lamentamos por no haber actuado con cuidado.

En este sentido, habría que prepararse para la tormenta.

Saludos, 

Felipe.

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