Yo estoy al derecho, dado vuelta estás tú

Mariano Pantanetti

La racionalidad pura en los mercados cada vez está más cuestionada por las finanzas conductuales y la economía del comportamiento. Qué podemos hacer para evitar las conductas emocionales.

Quienes tenemos más de treinta años y hemos pasado por la universidad en temas empresariales o ciencias económicas, seguramente estudiamos los modelos de equilibrio de la economía clásica.

Estos modelos, basados en un agente económico racional, proponían un individuo que, buscando maximizar ingresos y minimizar costos, tomaba decisiones estrictamente racionales.

Sin embargo, hoy los nuevos modelos económico-financieros proponen una mirada multidisciplinaria, donde además de la economía y las finanzas, se analiza al agente económico desde la psicología, la sociología y, por qué no, desde las neurociencias.

Estas disciplinas vienen estudiando el comportamiento de los agentes económicos desde la década del ’70, pero nunca antes como ahora cuentan con las prestaciones técnicas, el tiempo, y sobre todo el dinero para realizar múltiples estudios.

En este enfoque se presenta al agente económico como un ente irracional que no opera en un ciento por ciento motivado por la maximización de rendimientos y la minimización de riesgos y costos. Al respecto quizá valga la pena retomar las palabras de Ludwing Von Mises, quien en La acción humana sostiene que toda acción humana es racional, que todo ser humano en tanto humano elabora procesos de pensamiento racionales (siempre que esté mentalmente sano).

Entre estas dos posturas, quizá debemos pensar que las acciones humanas (en los mercados, que es donde aquí nos interesa) siempre buscan el mejor resultado. Pero quizá no podamos tomar las mejores decisiones pues somos víctimas de algunos sesgos, falacias y manías que, como las ilusiones ópticas, nos engañan y obligan a actuar en forma sub-eficiente.

Falacias, sesgos y manías.

Aquí algunos sesgos que pueden afectar la forma en que nos acercamos al mercado:

Home Bias, o sesgo doméstico: Se refiere a la tendencia de invertir solamente a nivel local, sobre todo en activos  del propio país donde reside el inversor. Este sesgo se encuentra mayormente desarrollado en individuos por sobre inversores institucionales, que tienden a neutralizarlo dado su profesionalismo y necesidad de diversificación. También debemos considerar Home Bias a la tendencia a invertir en sectores, industrias o rubros que a priori creemos conocidos. Como ejemplo podemos analizar qué ocurriría con un inversor que desarrolla su actividad en telecomunicaciones. Es un experto técnico, desea invertir y, como cree conocer el sector, toma posiciones en empresas relacionadas al negocio de las telecomunicaciones. En caso que la industria experimente una baja, no sólo estará afectada su cartera de inversiones, sino también su trabajo, por lo que esta idea parece doblemente riesgosa.

Generalmente se presenta en los inversores noveles que argumentan conocer mejor su país que uno extranjero, y se quedan sólo en la Bolsa local. Esta afirmación parece lógica, pero esconde un importante sesgo doméstico, ya que operar en mercados como el europeo o el estadounidense puede ser mucho mejor en un comienzo gracias al nivel de liquidez. Además está la ausencia de importante información de los mercados latinoamericanos.

Anchoring, o anclaje: Es muy similar al sesgo de confirmación, que sólo nos permite observar información positiva sobre la decisión ya tomada, ignorando los datos que se contraponen con el análisis previo. La falacia de la confirmación, que prima de este sesgo, surge cuando nos centramos en investigar o sobrevalorar datos que confirman preconceptos y subvaluamos datos que rechazan nuestra idea preconcebida. Supongamos que hemos perdido dinero con una acción llamada A. Luego esta acción presenta algunos signos de mejora. Si caemos en esta falacia, puede ocurrir que comencemos a ver indicadores que confirman nuestra hipótesis y rechazamos los que la invalidan, para así hacernos nuevamente de una posición dicha acción, incluso al margen del resultado.

Group Think, o actuar en manada: Se relaciona directamente con la idea de instinto gregario. No sólo necesitamos pertenecer a un grupo, sino que lo deseamos. En función de ello, se nos hace difícil opinar y actuar diferente al consenso, preferimos perder en grupo que ganar solos (en forma inconsciente, claro). Mucho peor aún si todos ganan y por mantenernos firmes a una idea, perdemos. Este sesgo se relaciona con y explica burbujas y manías, ya que muchas veces los agentes actúan en conjunto, tanto sea para comprar como para vender, generando burbujas al alza y estampidas a la baja, siendo parte de su propia creación.

En un artículo titulado Una teoría gastronómica para las finanzas, investigadores de la Universidad de Columbia hacen un curioso e interesantísimo desarrollo en esta dirección. Argumentan que muy comúnmente, ante la disyuntiva de entrar en dos restaurantes, las personas eligen el que está más lleno porque tienden a pensar que si tiene más comensales ofrece una mejor calidad o mejor relación calidad/precio. Pero los autores nos colocan frente a una duda cuando incorporan un nuevo elemento. ¿Qué sucedería si luego de entrar en el restaurante elegido, nos enteramos de que horas antes estaban igualmente vacíos y de repente uno se llenó en virtud de un factor evidentemente aleatorio: pasó por la puerta un grupo de turistas y al líder del grupo un cuadro de ese restaurante le hizo recordar un paisaje de su niñez y por eso propuso entrar allí? La progresión es fácil de deducir: luego que los turistas se sentaron a la mesa, llegó otro grupo que decidió entrar porque vio que había más gente allí; y así es como al final de la jornada ese restaurante ha tenido más público que el otro, situación que puede ser a la inversa el día siguiente sin mediar ningún cambio comercial.

Esta conducta también es observable en los mercados de valores.

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