Historia de las burbujas financieras: el boom inmobiliario en Japón

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Los ’80 fueron años de cuentas comerciales muy saludables para Japón. Sus medidas proteccionistas y la identificación de los trabajadores con empresas que en muchos casos sabían garantizar el empleo de por vida habían derivado en un funcionamiento muy eficiente del sistema productivo, volcado en buena medida a la exportación.
 
La economía había crecido a un promedio del 10% anual entre 1955 y 1972, mientras que entre 1975 y 1990 lo haría a un ritmo del 4% anual, menor pero igualmente importante.
 
Semejante bonanza generó un sobrante de divisas y un incremento de la masa monetaria que comenzó a destinarse a la construcción y el mercado inmobiliario en general, impulsado por una demanda creciente de propiedades que buscaba aprovechar tanto beneficios impositivos como el auge de precios del sector que se observaba ya en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
 
En concreto, entre 1955 y 1989 los precios de los inmuebles japoneses supieron aumentar más de 7.000%. Tan caros resultaban que en conjunto quintuplicaban el valor adjudicado al territorio completo de Estados Unidos, cuya extensión es 25 veces mayor.
 
Sólo el entorno metropolitano de Tokio valía lo que EE.UU., mientras que un sólo distrito de la capital podía costar lo que todo Canadá.
 
Sorprende, al revisar estos datos, la magnitud de una burbuja a posteriori evidente, como todas. Sin embargo, la ambición y la euforia del momento habían logrado multiplicar por 100 los precios de las acciones entre el ’55 y el ’90, permitiéndole al índice Nikkei trepar hasta los hoy añorados 38.915 puntos (actualmente apenas ronda los 7.600).
 
Aquel índice estaba compuesto, entre muchas otras, por empresas como Nomura Securities, cuyo valor superaba al de todas las sociedades de bolsa norteamericanas juntas.
 
El mercado inmobiliario impulsaba los valores bursátiles, cuya cotización se regía no por las ganancias de las empresas sino por el creciente precio de sus inmuebles. Y el alza bursátil provocaba nuevos aumentos en las propiedades por la demanda de quienes, tras apostar en el mercado financiero, vendían sus papeles para comprar más ladrillos.
 
Frente a ese escenario descontrolado donde la amenaza inflacionaria se hacía cada vez más evidente, entre principios de 1988 y mediados de 1990 el Banco Central de Japón decidió aumentar las tasas de interés rectoras de la economía, llevándolas del 2,5% al 6% anual.
 
Desde principios de 1990 los precios de las acciones sufrieron un fuerte retroceso, llegando a perder el Nikkei un 63% de su valor en apenas dos años y medio. Por supuesto, los precios de los cayeron y, con ellos, las empresas cotizantes que los tenían como garantía. Así, el sistema financiero ingresó en un período oscuro del que aún intenta sobreponerse.