Historia de las burbujas financieras: los Mares del Sur

Corría el año 1713 en Inglaterra cuando la Compañía de los Mares del Sur -una organización comercial privada creada dos años antes por el conde de Oxford y Mortimer, Robert Harley- obtuvo los derechos exclusivos del comercio de esclavos negros con varios puertos de América del Sur, derechos que habían sido acordados al finalizar la Guerra de Sucesión Española, tras el triunfo inglés sobre la corona francesa.
 
A cambio de la concesión del negocio monopólico -que terminó incluyendo en forma clandestina el tráfico de mercancías-, la South Sea Company aceptó comprarle al Tesoro británico bonos por diez millones de libras que le asegurarían un ingreso permanente: el cobro de una tasa imperecedera del 6% anual sobre el monto prestado.
 
La operación se repetiría en 1717, en ocasión del primer viaje comercial hacia Sudamérica, que terminó generando beneficios pobres en relación con lo esperado.
 
Pese a ello y a que en 1718 las relaciones entre Gran Bretaña y España se deterioraron, los responsables de la Compañía lograron fomentar en la ciudadanía la idea de que a largo plazo la aventura sería muy rentable.
 
Con el correr de los meses se fueron divulgando rumores cada vez más extravagantes acerca del valor potencial del comercio con el Nuevo Mundo, fenómeno que terminó por transformarse poco tiempo después en otro de carácter netamente especulativo.
 
Así fue como las acciones de la South Sea Company subieron rápidamente, pasando de 128 libras en enero de 1.720 a 550 libras en mayo y 890 en junio. Semejante alza incitó a algunos inversores a vender, generando una presión bajista que preocupaba a los responsables de la firma, quienes ordenaron a sus agentes adquirir títulos y mantener el valor de la acción cerca de las 750 libras.
 
En agosto, de hecho, la acción alcanzó las 1.000 libras, un número en apariencia mágico que de pronto descubrió su verdadero rostro: el de una victoria pírrica…
 
La tendencia cambió bruscamente y motivó el estallido de otras burbujas en ciudades como Amsterdam y París (por ejemplo, de la Compañía del Mississippi, del escocés John Law). La crisis se propagó a los bancos y entre los accionistas quebrados hubo miembros del gobierno británico.
 
El propio Isaac Newton, luego de haber obtenido una ganancia de 7.000 libras en abril, terminó perdiendo 20.000. Más tarde, diría: “Puedo predecir el movimiento de los cuerpos celestes pero no la locura de las gentes.”
 
Es que las apuestas habían traspasado todos los límites, beneficiando principalmente a las empresas cotizantes que ofrecían soluciones creativas para los problemas de la época, como aquellas que prometían cazar barcos piratas, las que levantaban hospitales para hijos bastardos, las que producían los primeros globos aerostáticos, etc.
 
El ciclo finalizó con la Compañía de los Mares del Sur cotizando a 100 libras por acción a fin de año. Ante la cólera de los inversores, el Parlamento se disolvió en diciembre y una comisión ocupó su lugar.
 
En su informe de 1721, la comisión reveló un fraude de gran amplitud organizado por los directores de la firma, quienes fueron arrestados y encarcelados. La mayoría se vio desposeída de sus bienes y hasta hubo quien se suicidó.
 
Terminado el proceso judicial, el nuevo canciller y el primer lord del Tesoro anunciaron una serie de medidas para restablecer la confianza pública y la solvencia de la compañía, que mantuvo sus actividades comerciales hasta el final de la Guerra de los Siete Años (1756-1763).
 
No obstante, su principal función terminó siendo la de administrar la deuda gubernamental antes que llevar adelante negocios con las colonias españolas.
 
En 1850 fue abolida por el gobierno de turno.