Goyo Perez Companc, el fantasma de los negocios

Existen pocos empresarios en la Argentina que tengan una vida tan misteriosa como la de Gregorio “Goyo” Perez Companc. Más allá de las intrigas que rodean sus orígenes y la forma en que su familia hizo su fortuna, su bajo perfil ayudó a crear un mito en torno a su figura.

La confianza es una de las bases en la que se sustenta el poder. Por eso, cuando un presidente o un alto ejecutivo de una compañía asumen sus funciones nombra a gente cercana a su persona para que le cuiden las espaldas y se hagan cargo de las posiciones estratégicas en las que se sustentará su administración. De esta forma, los antiguos empleados quedan relegados a una función secundaria y terminan renunciando o directamente son despedidos.
Esto fue lo que hizo Goyo Perez Companc cuando remplazó a su hermano Carlos al frente del grupo. Así, dejaron la empresa Juan Bustos Fernández (el vicepresidente ejecutivo del grupo), Roque Maccarone (la cabeza del Banco Río), entre otros. Tenía 43 años y sin saberlo iba en camino a convertirse en el hombre más rico de la Argentina. Muchos se sorprendieron al verlo al frente de la compañía ya que su propia familia lo creía más apto para las tareas campestres que para el manejo de una corporación de esas magnitudes.
Goyo hizo todo lo posible para demostrarle al mundo cuán equivocados estaban los que no habían confiado en él. Esto quedó plasmado especialmente durante el gobierno de Carlos Saúl Menem cuando Perez Companc creció hasta límites impensados, luego de ingresar en la privatización  de las empresas servicios públicos.
De esta forma, pasó a tener diversas participaciones accionarias en Telefónica de Argentina, Telecom, Edesur, Central Costanera, Transener, Elenet, Distribuidora Metropolitana de Gas (Metrogás), Transportadora de Gas del Sur (TGS), Refinería del Norte Campo Durán, Ferroexpreso Pampeano, concesiones de peajes en las rutas 5 y 7, Área Central Puesto Hernández y Destilería San Lorenzo.
Perez Companc se había convertido en la mayor empresa del país con 113 unidades que facturaban más de 1800 millones de dólares al año y más de 10.000 empleados. Pero un monstruo de estas dimensiones era casi imposible de controlar. Así, lentamente se fueron deshaciendo de algunas compras que habían realizado unos años antes.
La primera parte del proceso de depuración comprendió la venta de la mayoría de las compañías privatizadas a tal punto que sólo se quedó con su parte en Edesur. Luego sobrevino una segunda etapa en la que vendió la constructora SADE (que tantos réditos le había dado a su hermano Carlos) y de Alto Palermo, con los que recaudó 1500 millones de dólares.
Con el efectivo en mano, Goyo decidió cambiar nuevamente de rumbo y se volcó al sector alimenticio. Así, se quedó con Molinos Río de la Plata en 1999, luego con Molfino y Molinos La Paulina (por los que pagó 600 millones de dólares), Agra, Luchetti, Goodmark, Igloo y la bodega Nieto Senetiner.
Esta movida sorprendió a muchos ya que no era un terreno en el que la empresa tuviera conocimientos. Pero su dueño si. El Fantasma (como también se lo conoce a Gregorio Perez Companc) es un amante del campo y especialmente de la cría de la raza vacuna Jersey. Esta pasión le ha dado muchas alegrías ya que suele ser ganador de cuanto premio ofrecen las instituciones ganaderas por la calidad de sus animales.

Las últimas movidas
Entre las operaciones de fusiones y adquisiciones más recordadas de historia del país sin duda figuran dos realizadas por Perez Companc. La primera fue la venta del Banco Río el grupo español Santander Central Hispano en 1135 millones de dólares. Pero la más resonante se produjo cuando aceptó la oferta de cerca de 3500 millones de dólares (entre efectivo, obligaciones y deuda) realizada por la petrolera brasileña Petrobrás para quedarse con el control de la compañía.
De esta forma, Goyo se desprendió de sus negocios de petróleo, gas, destilerías, generación y transmisión de electricidad, petroquímicas, estaciones de servicios, forestación y 75.000 hectáreas de campos para “concentrarse en el rubro de alimentos, a partir del proceso que se inició en 1999 con la compra de Molinos Río de la Plata”, afirmó un comunicado emitido por la compañía.
En el último tiempo, le vendió Molfino a la canadiense Saputo en 50,8 millones de dólares y se asoció con la familia chilena Allende para incursionar en el negocio de la biotecnología vinculada a la mejora del ganado Jersey.
Después de conocer los números que se manejaron en las operaciones que realizó  Gregorio Perez Companc en los últimos años cualquier podría imaginarlo rodeado de lujos y ostentaciones. Esto es algo que dista mucho de la realidad. Goyo es más parecido a cualquier persona común y corriente, sólo que cuenta con el respaldo de la mayor fortuna de la Argentina. Suele despertarse temprano y llegar a la oficina luego de manejar su propio auto. Eso sí, nunca va al trabajo en su Ferrari F50 de color rojo brillante, que es una de sus grande debilidades y por la que pagó 45 millones de dólares. Tampoco lo hace en su Ford Cobra de la década del ’50.
Le gusta pasar los días en familia y los fines de semana se recluye con los suyos en sus campos de Escobar. Esto, cuando no se queda en su casa de Barrio Parque y aprovecha para ocupar el palco privado que tiene en la cancha de River Plate, del que es hincha desde su juventud. A pesar de contar con un Boeing 737, sus vacaciones jamás son en Europa o Miami como suelen hacer muchos empresarios argentinos. Sus días de descanso los destina a su estancia en Quila Quina, a 36 kilómetros de San Martín de los Andes, en la provincia de Neuquén.
A los 71 años Gregorio “Goyo” Perez Companc se ha convertido, sin duda alguna, en uno de los empresarios más exitosos del país contra el pronóstico de muchos que lo rodeaban. En la actualidad, ocupa el puesto 451 entre los más ricos del mundo y se mantiene desde hace años como el mayor millonario argentino con 1.700 millones de dólares de fortuna.

Acceda a estos artículos en la edición de agosto-setiembre de la revista Inversor Global.

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