Research de la semana: Lavagna candidato: el mal de los tibios

La estrategia electoralista de los dos inveterados caudillos bonaerenses no sería novedosa, por cierto. Es una nueva versión de la tendencia aplicada con sumo éxito en 2003 y reiterada, por exitosa, en 2005. Se trata de dividir las posiciones mayoritarias en dos facciones para competir entre sí, concretando la elección interna en las generales. De ese modo, se aprovecha mejor la circunstancial mayoría, pues se obtiene el primero y el segundo puestos, relegando a los que verdaderamente discrepan a competir por el tercer lugar. Así fue que Duhalde dividió el peronismo para enfrentar a Menem en 2003 y volvió a aplicar la fórmula en 2005, al presentar a su propia esposa como candidata opositora de la primera dama Cristina Kirchner, con lo que se aseguró el segundo puesto y la banca correspondiente. Esta vez sería Lavagna el que disputaría con Kirchner la presidencia, con altas chances de conseguir un honroso segundo puesto y, por qué no, tal vez dar el batacazo.
El principal problema que presenta el Lavagna-candidato para quienes no se ven reflejados en el creciente despotismo kirchnerista es su tibieza. Es cierto que no fue él quien llegó a la barbaridad de prohibir las exportaciones de carne… pero fue quien primero promovió los acuerdos de precios como política antiinflacionaria. Es cierto que no violentó la independencia del BCRA… pero promovió el recambio de sus autoridades cuando las que estaban no comulgaban con las políticas monetarias activas hoy vigentes. Es cierto que no fue él quien devaluó y pesificó… pero se sumó a los ataques a la Corte Suprema cuando quería declarar su evidente inconstitucionalidad. Es cierto que no fue él quien declaró el default… pero consideró adecuado confiscar más de la mitad del capital de los acreedores y más aun si se trataba de aportantes a las AFJPs, a las que obligó a violentar sus deberes fiduciarios. Etc., etc..
Por cierto, su campaña residirá en mostrar sus diferencias con las tantas barbaridades que el gobierno kirchnerista comete contra el sector empresario y de aprovechar el consenso que tiene la racionalidad en muchos sectores profesionales y de la clase media. Por lo tanto, los efectos del contraste con el Kirchner postelectoral, de gabinete renovado (para algunos, empeorado), lo mostrarán como un verdadero hombre republicano, respetuoso de las instituciones, un verdadero líder europeo en un contexto regional cada vez más desfachatado. Y, puestas las cosas de ese modo, seguramente lo es. Lo malo de que la próxima disputa reelectoral nos ubique en esta disyuntiva es que terminaremos discutiendo cuestiones de estilo y rasgos de personalidad, no cuestiones políticas.
En verdad, Lavagna es un gran intérprete del modelo kirchnerista. Los detalles son lo de menos. El contraste entre su diplomática y afrancesada figura con la tosquedad negociadora de un Guillermo Moreno no debe empañar la comunión de ideas de política económica que ambos comparten; las diferencias son menores. Hay dos formas de encarar la inflación: o se considera que es deber del banco central y su política monetaria o se considera que son los empresarios los culpables de remarcar sus mercaderías. Sólo en este último caso se adoptarán “políticas de ingreso”, es decir, controles de precios. Que se los controle por medio de amables convocatorias a acuerdos o empuñando la truculenta ley de Abastecimiento del ‘74 no cambia en nada el diagnóstico, la visión y, por lo tanto, la política y el modelo de país que hay in mente.
Cuando, en el otoño de 2001 y por acompañar a De la Rúa, Domingo Cavallo veía cómo el prestigio conseguido entre 1991 y 1996 con su exitosa convertibilidad se le escapaba por entre los dedos, sus manotazos de ahogado abrieron hendijas que terminaron por resultar las mismas puertas del infierno. Su presión para el desplazamiento de Pedro Pou como presidente del BCRA y su reemplazo por alguien dispuesto a convalidar la injerencia del Poder Ejecutivo en la política monetaria, su equivocada modificación de la convertibilidad para introducir el euro en la regla de conversión, así como el peligroso decreto 439 de abril de ese año, que modificaba la Carta Orgánica del BCRA y, entre otras cosas, distinguía entre pasivos monetarios de primera y segunda calidad, admitiendo un respaldo mucho mayor en títulos públicos y no en reservas. Todas ellas fueron medidas que el propio Cavallo sabía eran inconvenientes en sí mismas… pero se permitió las excepciones del caso, ante la gravedad de la crisis en ciernes. Siendo él mismo el ministro, pensó seguramente, no se abusaría de estos recursos excepcionales, sino que se los utilizaría transitoriamente y sólo en su justa medida.
La historia le demostró en pocos meses que esas mismas puertas y otras que él mismo abrió, como el famoso corralito, habían sido simples banderas de largada para aventuras políticas de antología. Cuando ya no alcanzaron sus dosis homeopáticas, el médico voló y fue reemplazado por otro mucho más tosco y que ya tenía el camino allanado por su antecesor. Lo mismo puede decirse hoy de Lavagna y su sucesor en los hechos, Guillermo Moreno: el control de precios los une inevitablemente. Uno quiso ir por las buenas y, cuando no fue suficiente, debió marcharse. Lo que no se marchó con él fue el control de precios, ahora mucho más fortalecido. Otro tanto puede decirse de muchas de sus políticas centrales.
¿Lo redime su salida del gobierno de los efectos posteriores que sus medidas provocaron?
Entiendo que no. Pero hay algo más relevante a plantearse ahora, frente al Lavagna candidato: ¿puede funcionar este modelo, en el que Lavagna cree, sin escalar necesariamente hacia los Moreno? También en este caso creo que no. Entonces, a mi entender, la oferta de Lavagna-candidato es falsa: pretende hacernos creer que su tibieza de modales es consistente con un modelo económico-político sumamente discrecional y esto no es así. Quienes toleran vivir en un Estado sumamente intervensionista y decisor, pues deberán soportar los retos y amenazas de sus funcionarios. Parece que, una vez más, en la campaña 2007 dejaremos de debatir el fondo de la cuestión.